Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.
Al ver la dama que requiere ayuda aquel que de Rogelio tiene el gesto, al punto en suspicia la fe muda, al punto olvida todo presupuesto; y ahora que Melisa lo odie duda, por un nuevo desdén no manifiesto, y que pretenda con astuta trama que muerte le dé aquella que tanto ama.
Aquel día el bisabuelo destinó doscientos escudos para el monumento a Hans Christian Örsted. Al llegar Federico con su joven esposa y enterarse de aquel
gesto, dijo: -¡Muy bien, bisabuelo!
Hans Christian Andersen
-Ahora vas a tomarte el té -dijo la madre al pequeño- y a lo mejor te contarán un cuento, además. -Lo haría si supiese alguno nuevo -dijo el viejo con un
gesto amistoso-.
Hans Christian Andersen
¡Y con aquella criatura había partido él un día su merienda! Ella se la había comido con verdadera voracidad, con un
gesto de aprobación a cada bocado.
Hans Christian Andersen
A Alicia le pareció que esto no tenía vuelta de hoja, y decidió hacer otra pregunta: ¿Qué clase de gente vive por aquí? - En esta dirección - dijo el Gato, haciendo un gesto con la pata derecha- vive un Sombrerero.
Con inquieta y temblorosa prontitud se bajó los harapos que traía como pantalones y en un
gesto lujurioso se enlagartijó sobre la inerte.
Antonio Domínguez Hidalgo
Vivimos dos meses juntos en el Canadá, y no es difícil comprender mi estado de alma respecto de Enid. Pero ni en una palabra, ni en un movimiento, ni un
gesto me vendí ante Wyoming.
Horacio Quiroga
Pero ella lo hizo todo con tanta calma, con tanta naturalidad, con tan evidente gesto de perfecta educación, que no se la podía acusar de ningún descaro, y mis únicos sentimientos fueron de admiración.
– Es su capucha la que tapona sus oídos; usted no está acostumbrado a la máscara –pensaba en voz alta De Jacquels, que había penetrado mi silencio–: Tenía pues, aquella noche, el poder de adivinar, y levantando mi dominó se aseguraba de la finura de mis medias de seda y de mi ligero calzado. Aquel gesto me tranquilizó, era De Jacquels y no otro quien hablaba bajo el dominó.
Permanecían allí, mudos, sin un gesto, como alejados en el misterio bajo largas cogullas de paño plateado, de una plata mate, de reflejo muerto; pues ya no había ni dominós, ni blusas de seda azul, ni Colombinas, ni Pierrots, ni disfraces grotescos; pero todas aquellas máscaras eran semejantes, enfundadas en el mismo traje verde, de un verde descolorido, como sulfatado de oro, con grandes mangas negras, y todas encapuchadas de verde oscuro con los dos agujeros para los ojos de su cogulla de plata en el vacío de la capucha.
Mientras así recreaba mi vista, noté con gran emoción, y por imperceptible gesto de la dama, que de pronto había advertido la intensidad de mis miradas.