verdoso

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verdoso, a

adj. De color que tira a verde azul verdoso.

verdoso, -sa

 
adj. Que tira a verde.
Sinónimos

verdoso

, verdosa
adjetivo
aceitunado, aceitunil, cetrino.
Los tres se aplican particularmente a personas.
Traducciones

verdoso

greenish

verdoso

grünlich

verdoso

verdâtre

verdoso

مخضر

verdoso

绿

verdoso

verdoso

ירקרק

verdoso

ADJgreenish

verdoso -sa

adj greenish
Ejemplos ?
Pero el teniente Herminio Benegas, una noche, contempló la verdosa muralla, almenada y triste, las campesinas dormidas junto a sus montones de leña seca, y, naturalmente, maldiciendo su destino, enfundado en una chilaba para cubrir las apariencias fue y levantó el pesado aldabón de bronce que colgaba de la baja, sólida y claveteada puerta de la finca de Muza.
Entre él y el otro cabezal que rozaba con sus pantorrillas, la vieja, de espaldas a la batea, erguía su desnudez horrenda y verdosa.
Mas sin llevarte a mi lado, aunque esparza la vista por las tierras cubiertas de viñedos y los campos que riegan corrientes caudalosas, y vea al labrador que dirige por la acequia las ondas sumisas, y como el aura suave balancea las ramas de los árboles, no creeré encontrarme en el sano país de los Pelignos, ni pisar en el pueblo natal los campos de mi padre, sino más bien en la Escitia, entre los fieros Cilitios y los Bretones de verdosa tez, o en los peñascos enrojecidos por la sangre de Prometeo.
Una sola apertura traspasó el conjunto, formando unas fauces como de sanguijuela. Entonces la odiosa violación de la naturaleza fluyó hacia Grignr dejando tras de sí un rastro de mucosidad verdosa.
Por esta rejilla, destinada para reconocer a los amigos en los tiempos de guerras civiles, podían ver los curiosos en el fondo de un bóveda obscura y verdosa algunos escalones gastados, por los que se subía a un jardín limitado pintorescamente por muros espesos, húmedos, llenos de vegetaciones y de espesuras de pequeños arbustos.
La luz verdosa del farolón de bronce, amarrado por una cadena a la clave del arco, proyectaba del mendigo una desmesurada sombra, movediza en el triangular empedrado del zoco, sembrado de rosas podridas y cáscaras de melones.
En el primer momento había creído que se dirigía a alguna casa, y hasta había esperado vagamente que encontráramos algo que nos pudiera ayudar sobre las huellas de la que buscábamos. Pero al ver el agua verdosa a través de la callejuela tuve el secreto presentimiento de que no iría más lejos.
Chasca iba a responder, pero recorriendo con la mirada los trofeos del joven, se quedó paralizado. Verdosa palidez cubrió su rostro y su voz, antes clara y fuerte, salió ahora ronca y apagada desde el fondo de la garganta.
aunque es probable que no duerma aquí. Otra vez la mujer filtró entre las pestañas rojas, su malévola mirada verdosa. Era como si proyectara su alma sobre el relieve de las ideas del hombre, para recoger un calco de sus intenciones.
Y se fue al jardincito que ella misma cuidaba cerca de las casas, y donde cultivaba algunas flores y plantas de medicina casera; preparó con esmero la tierra en un pequeño espacio que rodeó con palitos para conocerlo bien, y en el mismo centro depositó piadosamente la semillita verdosa, la tapó con tierra liviana, que roció con un poco de agua y dejó que empezara su obra misteriosa la santa madre naturaleza.
Vuelvo los ojos hacia abajo y veo el valle con lo verdoso de su alfombra vegetal, sobre la cual flota un poco de niebla, manchado aquí y allá con las masas oscuras de los matorrales y de los grupos de árboles, cruzado por las líneas delgadas y amarillentas de los caminos, por los hilos negros de la ferrovía y por el plateado zigzag del torrente que lo atraviesa; y en un recodo de la hondonada, al pie de la montaña diviso los techos, la cúpula de la iglesia y el cementerio del pueblecito, medio oculto por la oscuridad verdosa del follaje...
Siempre vestida de desechos laboriosamente refrescados (¡qué ironía en este verbo!); siempre calzada con botas viejas, al través de cuya suela sutil penetraba la humedad del enlodado piso; siempre limpiando guantes innoblemente sucios, con la suciedad ajena, manchados en los bailes por otra mujer; siempre cambiando un lazo o una flor al sombrero de cuatro inviernos o tapando el roto cuello de la talma con una pasamanería aprovechada, verdosa, Leocadia repetía para sí con ira oculta: «¡Ah!