tropilla

tropilla

s. f. Argent. Conjunto de yeguarizos guiados por una madrina.
Traducciones

tropilla

SF (Cono Sur) → drove, team
Ejemplos ?
Don Nicolás tenía, por supuesto, su buena tropilla de caballos; pero con una yegua madrina tan terrible para caminar maneada, que siempre, por la mañana, cuando iban de viaje, la tenía el amo que ir a campear lejos.
Es que el amigo Liborio no se había ido afuera, solamente a buscar fortuna; dejaba tras sí, al mandarse mudar, al trote largo de su tropilla, a otro gaucho mal herido, después de una pelea, en un boliche; y, aunque bien supusiera que, después de tantos años, nadie se iba a acordar de él quedaba algo irresoluto, entre las ganas de ir y el recelo de ser molestado, sobre todo que nunca había podido averiguar si el herido había muerto o no.
Lo había visto pasar a menudo; y, desde tres años que existía la estación, en el campo lindero, una que otra vez, había llegado a curiosear y ver de cerca al monstruo, pero no le entraban mayores deseos de entregarle el bulto. Le tenía más fe a su tropilla de picazos.
Pregunté por mi tocayo, y mi comadre me dijo, que había ensillao de fijo al primer canto de gallo; llevando el mejor caballo que en su tropilla tenía, pa llegar con sol tuabía a la estancia de Carrión, ande había una riunión de blancos para ese día.
Y por la orilla, cuando pasaba algún gaucho con su tropilla, se ponía un rato al tranco, y todos los mancarrones se apuraban en probar el pastito fresco; hasta que Giuseppe, renegando, acudía presuroso, blandiendo alguna herramienta, siguiendo con ademán amenazador y palabras fuertes al jinete ya distante.
Nadie, por supuesto, lo supo nunca; pero Fortunato durmió mal, esa noche, entre sueños intrincados, en que su tropilla, ora era perseguida por el tren, ora lo arreaba, hasta que después de haber ensillado él la locomotora con su recado, se sintió arrebatado con velocidad infernal, en medio de vapores espesos y de ruidos de trueno, hacia campos desconocidos, donde se encontró con una chinita lo más atenta, que le decía llamarse Angélica.
Un día llega todo apurado al pueblo un forastero, joven, buen mozo, pero a medio vestir y montado en un parejero ensillado de prisa con dos matras; se baja en una casa de negocio y allí cuenta que le han robado una tropilla de la misma marca del parejero; que él es hijo de un estanciero de la otra provincia, y que, sin haberse dado tiempo para nada, salió siguiendo a los ladrones.
Pero en vano, y galoparon leguas, recorriendo el campo por todos lados, preguntando a los transeúntes que encontraban -campeadores, también, muchos de ellos-, si habían visto animales de la marca de la tropilla que llevaban, dando las señas que podían haber llamado la atención: el toro colorado tapado, de la contramarca Fernández, dos vacas huevo de pato que siempre andaban juntas, y un novillo descornado, y las señales de las orejas.
Las ocho leguas para llegar a la estancia, desde la posta, son un poco penosas para él que ni dos veces en su vida ha andado a caballo; pero el animal a quien lo confían es mansísimo y de buen galope, y, siguiendo la tropilla, acompañado por un peón, con quien trata de conversar, en su media lengua, las recorrerá sin sufrir demasiado.
Y efectivamente, no sabe correr; no juega, no toma, tampoco; es mozo trabajador y ordenado, que emplea en vestirse bien o en comprar algún animal para su tropilla, o alguna pieza para el recado, la platita que gana, fuera de lo que va para ayudar el gasto de la familia: su madre y los hermanitos.
Y sin embargo, envuelto en la densa nube de tierra que levanta el incansable troteo de la tropilla, sediento, quemado por los rayos oblicuos de un sol ardiente; fastidiado y dolorido por el largo galope; sostenido en la cruzada, más que por la fuerza de su voluntad adormecida, por la idea que, una vez en el camino, hay que llegar, el viajero, de repente silba la madrina, arrolla los fletes, y los hace trepar al galope, jadeantes, enterrados en la arena hasta la rodilla, resbalando y haciendo fuerza, hasta la cumbre del médano, donde se paran, con relinches de alegría.
En tanto se abaten los negros tordos y los pechos amarillos en el cardizal ardiente, y asoma la gama su airosa cabecita entre las altas hierbas allá en el fondo del llano, como atenta a extraño ruido, relincha con imponente brío un semental criollo y se precipita en frenética carrera a la loma del flanco, que traspone en un segundo y vuelve en el acto con la crin ondulante y el copete encrespado arremolinando una tropilla de ventrudas, reacias al esquilón de la madrina.