Ejemplos ?
En las ceremonias fúnebres de los reyes asistían vestidos con un traje de luto, y eran los que encerraban en la tumba el cetro, la mano de justicia y demás distintivos de honor.
La mantilla es el traje que visten algunas mujeres que acompañan a los tronos, normalmente delante. Es un traje de luto por la muerte de Cristo.
Margarita Teresa no solo fue retratada por Velázquez, también se conservan retratos de Juan Bautista Martínez del Mazo (" Retrato de la infanta Margarita con traje de luto " fechado en 1666), Jan Thomas, Gérard Duchâteau, etc.
Vestidas de mantilla, ya que es el traje que visten las mujeres, víspera de la muerte del Señor y así honrar su figura. Es un traje de luto por la muerte de Cristo.
La mantilla es el traje que visten las mujeres el Jueves Santo para acudir a los Santos Oficios. Es un traje de luto por la muerte de Cristo.
Cuando renacía la vegetación, cuando brotaban las hierbas y las flores, cuando las selvas se cubrían de pompa y de verdura, cuando subía la savia por los troncos, era cuando la madre desconsolada enjugaba sus lágrimas y desechaba el traje de luto, porque la hija, hundida en las entrañas lóbregas de la tierra, surgía fecunda, hermosa y resplandeciente de inmortales fulgores; porque Cora, fugitiva del tenebroso amante que la había tenido aprisionada en sus brazos, aparecía de nuevo á bañarse en las ondas de luz del sol enamorado, quien, por contemplarla y besarla, se detenía más tiempo sobre nuestro horizonte, é iba difundiendo por más horas y con mayor tino y eficacia, en este hemisferio boreal, la lluvia dorada de sus rayos ardientes.
Allí encontré a mi adorada Dora al lado de la puerta, con la cara contra la pared, y a Jip encerrado en el aparador, con la cabeza envuelta en una servilleta. ¡Oh qué bonita estaba con su traje de luto!
Quitóse la viuda el lujoso vestido que llevaba, arrojando sobre sus hombros el traje de luto, pasó inadvertidamente por delante del espejo de luna que adornaba la habitación; sus ojos, enturbiados por las lágrimas, se fijaron distraídos en el cristal, y rápidamente, sin dejar de pensar ni en su marido ni en su desventura, la condesa se dio cuenta, y experimentó al dársela un placer fugitivo, de que estaba muy hermosa y de que sus cabellos rubios formaban un contraste bello con los tonos sombríos y severos del traje.
La muerte de Abel había parecido el natural desenlace de su dolencia, conocida por su hija, pero un espeso bochorno misterioso pesaba sobre la casa. Helena encontró que el traje de luto la favorecía mucho y empezó a vender los cuadros que de su marido le quedaban.