Ejemplos ?
na inmensa agua gris, inmóvil, muerta, sobre un lúgubre páramo tendida; a trechos, de algas lívidas cubierta; ni un árbol, ni una flor, todo sin vida, ¡todo sin alma en la extensión desierta!
-y desenfrenado, como loco, furibundo, continuaba en su orgía de golpes. La mujer lloraba tendida en el suelo y trataba de cubrirse de las arremetidas iracundas de su amado.
Para el problema daba los mismos resultados de América el hallazgo; y el mar, ya a la merced del Genio, era una vía de alfombra azul tendida para llevar la ofrenda de América a Isabel.
Por eso aquella carne de cañón tendida en la línea divisoria se siente aliviada con la paz, y si bien consideran perjudiciales los términos en que se negocio, aspiran recuperar la dignidad con trabajo, ahora que es posible sin el temblor de los fusiles.
Es indiscutible la importancia de esta parroquia, tendida en el vaivén de un mar agitado, que a veces rompe el silencio de la naturaleza con su crugir lento, monótono y fastidioso.
Allí cae la lluvia con un son eterno; allí la combate el soplo del cierzo. Del húmedo muro tendida en el hueco, ¡acaso de frío se hielan los huesos...!
Y así era: supe que, hacía cosa de una hora, se escuchó de pronto un grito terrible en el dormitorio de mi madre. La sirvienta, que acudió corriendo, la encontró tendida en el suelo, sin conocimiento, y su desmayo había durado varios minutos.
No se levantó en todo el día. Estaba tendida, quieta y callada, y sólo de vez en cuando exhalaba un profundo suspiro y abría los ojos con sobresalto.
Oyendo lo cual el ama (como si el demonio se lo mandara, para intricar, estorbar o dilatar el remedio de Cornelia), dijo: -¡Ay señora de mi alma! ¿Y todas esas cosas han pasado por vos y estáisos aquí descuidada y a pierna tendida?
Comillas, lector, en la costa, a seis leguas al Noroeste de Santander, tendida sobre el lento declive de un cerro, arrullada por un lado por el inquieto mar de Cantabria, y protegida por los demás por una suave cordillera de pintorescas colinas, era una población verdaderamente deliciosa, no por sus condiciones topográficas solamente, pues bajo este aspecto, hoy es mucho más bella que entonces, sino por las especialísimas que concurrían en el carácter de su pequeña sociedad.
Mi madre estaba tendida en una butaca, con los brazos rígidos, los puños contraídos y apretados, la cara lívida, torcida hacia un lado; los ojos en blanco, la nariz ensanchada como buscando aire; anhelaba gritar y se quedaba seca, agitada por opresora convulsión; unas señoras la tenían, la rociaban, la friccionaban, la hacían aspirar esencias.
El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí.