Ejemplos ?
¡Si ahora mismo no se acuesta usted, y no toma, después de acostada, una taza de tilo con flor de azahar, me arranco todos estos vendajes y trapajos y me muero en cinco minutos, aunque Dios no quiera!
Cuando estaba fuera de casa se había mojado los pies, nadie sabía cómo, pues el tiempo era completamente seco. Su madre lo desnudó y acostó, y, pidiendo la tetera, se dispuso a prepararle una taza de té de saúco, pues esto calienta.
Emergerá desde el fondo de nosotros y nos avasallará su libertad de polen.. EL PARAÍSO PERDIDO - Oiga mesera, una taza de café. -Y el individuo enfundado en una gabardina gris mugre se la quedó mirando provocativamente.
Anhelaba volver a ver sus praderías, donde pastaban en libertad peludas yeguas y potrillos retozones; sus sembrados, en que antaño hincó el arado para dar ejemplo de cómo se trabajaba el pan; sus árboles, donde los pájaros anidaban; su escuela, en que se daba enseñanza renovadora, según él creía firmemente: su morada pacífica, familiar, de donde estuvo proscrito el lujo, donde la frugalidad y la modestia prestaron nuevo sabor a la taza de té y a la popular «kalatcha»...
Le hallé en su cámara apurando a sorbos una taza de café, ya calzadas las espuelas y ceñido el sable: —Bradomín, ahora soy contigo.
Pon el pensamiento en su modestia; ponle en la taza que para todas las cosas tenía; ponle en la industria con que las ejecutaba y, finalmente, en la constancia de lo que prometía.
Junto a mi cama estaban, a un lado, Peyrehorade en bata, y, al otro, un criado enviado por su mujer, con un taza de chocolate en la mano.
-Amén -contesta a coro la reunión. La taza sigue pasando luego de mano en mano y de boca en boca, hasta que se agotan las dos azumbres de rioja.
Allí, en torno de los muros, veíanse blandos lechos, de frescos tejidos hechos convidando a reposar. Allí se oía el murmullo de una fuente azafranada, que en una taza dorada se vertía sin cesar.
En cierta noche del año 1824 hallábanse en un mezquino cuarto de posada, en la ciudad de Huamachuco, en conversación íntima, sazonada con sorbos á una taza de té y besos á una copa de ron de Jamaica, dos caballeros que vestían uniforme militar y que, por su fisonomía y acento, denunciaban de á legua su nacionalidad europea.
Lectura tal es como amena conversación de sobremesa entre camaradas, paladeando á sorbos una taza de exquisito ca- racolillo y siguiendo las caprichosas espirales del hiuno de un riquísimo habano.
El que venía á interrumpir el coloquio de los amigos era nada menos que el general Antonio José de Sucre, cuya frente orlaban ya los laureles de Pichincha, y que en breve obtendría también los de Ayacucho. O'Connor llamó al asistente, y le ordenó que sirviese taza de té y copita de ron al general.