Ejemplos ?
Otro que hable, aunque sea el más famoso orador, no nos causa, por decirlo así, ninguna impresión, pero que hables tú mismo o que otro repita tus discursos por poco versado que esté en el arte de la palabra; y todos los que te escuchan, hombres, mujeres y adolescentes, se sienten impresionados y transportados.
-Yo tamién lo sabía -murmuró el señor Pepe mirando socarronamente a su amigo- lo mismo que sé que tú nos has reunío porque tú mismo no sabes si echar pechos arriba u pechos abajo, porque si bien la Belonera es la que más te gusta y a la que tú más quieres, en cambio la Angustias te quiere a tí más que tú a ella y que te quiée la Rosario, y si no es tan güena moza como la Rosario, en cambio tiée tres lagares en la sierra y una casa en el Perché y otras dos en Martiricos.
Me has brindado sólo desnudez. Cierto que me enseñaste con dureza ¡y tú mismo traías el cauterio!, pero también me diste la alegría de no temerte.
-la consolaba el padre. -Gracias por tus consuelos -protestó la mujer-, pero ni tú mismo crees lo que estás diciendo. ¡Estás tan triste como yo!
Sócrates: Acuérdate, te lo suplico, que lo que he pedido no es que me enseñes una o dos cosas santas entre un gran número de otras que lo son igualmente; sino que me des una idea clara, y distinta de la naturaleza de la santidad, y lo que hace que todas las cosas santas sean santas; porque tú mismo me has dicho que un solo y mismo carácter hace que las cosas santas sean santas; así como un solo y mismo carácter hace que la impiedad sea siempre impiedad.
Si hubiera sido yo el que los hubiera sentado, indudablemente te habrías burlado de mí y me habrías echado en cara la bella cualidad que tenían las obras de mi ascendiente, de desaparecer en el acto mismo en que se creían más reales y positivas; pero, por desgracia, eres tú el que las ha sentado, y es preciso que yo me valga de otras chanzonetas, porque tus principios se te escapan como tú mismo lo has apercibido.
Por consiguiente, después de haberte preguntado, no ni dos, sino mil veces, he renunciado a hacer vanas súplicas, persuadido de que eres el hombre del mundo más capaz para exhortar a los demás a la virtud; pero que, una de dos cosas, o bien tu poder no pasa de aquí y no se extiende más lejos (lo cual puede suceder en todas las artes; por ejemplo, sin ser piloto, puede hacerse un elogio de este arte que pruebe cuán digno es de la actividad humana, y hacerse lo mismo con las demás artes; de suerte que tú mismo podrías acusarte de no conocer la justicia, ensalzándola al mismo tiempo hasta las nubes, por más que no sea esta mi opinión).
Alcibíades: Yo no pido tanto. Sócrates: Cuando tú mismo me concedas que lo que yo siento es verdadero, ¿no te darás por convencido?
Alcibíades: Así parece. Sócrates: Ten bien presente, que eres tú mismo el que asegura todas estas verdades, porque yo no hago más que interrogar.
Alcibíades: No, ciertamente. Sócrates: Y no es sobre estas mismas cosas, sobre las que tú mismo dices que estás fluctuante e indeciso?
Mira tú mismo; si desprecian su cuerpo y desean vivir solos con su alma, ¿no sería el mayor absurdo tener miedo cuando llegue ese instante, afligirse y no ir voluntariamente allá donde esperan obtener los bienes por los cuales han suspirado toda su vida?
Sócrates, no sé si poseo o no poseo la sabiduría; ni cómo puedo saberlo, cuando tú mismo no puedes determinar su naturaleza, por lo menos según tu confesión; si bien en este punto no te creo, y antes bien pienso tener gran necesidad de tus palabras mágicas; y quiero someterme a su virtud sin interrupción hasta que me digas que es bastante.