Ejemplos ?
-Eso no -replicó el cadí-, que no es bien que la prenda del Gran Señor sea vista de nadie; y más, que se le ha de quitar que converse con cristianos, pues sabéis que, en llegando a poder del Gran Señor, la han de encerrar en el serrallo y volverla turca, quiera o no quiera.
Como Fausto, había amado a Helena, y hubiera querido que las ondulaciones de los siglos llevaran hasta él una de esas personificaciones de los deseos y los sueños humanos, cuya forma, invisible para los ojos vulgares, sigue subsistiendo en el espacio y el tiempo. Se había compuesto un serrallo ideal con Semíramis, Aspasia, Cleopatra, Diana de Poitiers, Juana de Aragón.
A las once se pasó al aposento de las mujeres, donde las ocho jóvenes sultanas se presentaron desnudas y sirvieron así el chocolate. Marte y Luisona, que presidían este serrallo, las ayudaban y dirigían.
Decidióse que aquel que realizase esta función se sentaría tranquilamente en medio del serrallo, en un sillón, y que cada muchacha, conducida y guiada por la Duelos, la mejor meneadora que había en el castillo, se acercaría a sentarse encima de él, que la Duelos dirigiría su mano, sus movimientos, le enseñaría la mayor o menor rapidez que hay que imprimir a las sacudidas de acuerdo con el estado del paciente, que prescribiría sus actitudes, sus posturas durante la operación, y que se impondrían castigos reglamentados para aquella que al cabo de la primera quincena no lograra dominar perfectamente este arte, sin necesidad de más lecciones.
Cada uno recogió lo que pudo y tomó un poco de todas partes, llegó la hora de la cena, en la que se insertaron casi todas las infamias que acababan de escuchar, el duque emborrachó a Teresa y la hizo vomitar en su boca, Durcet hizo lanzar pedos a todo el serrallo y recibió más de sesenta durante la velada.
—Debido a las dos causas que acabo de explicar, tomé mi partido, señores, y como la Fournier me ofrecía mejor alojamiento, una mesa mejor servida, partidas de placer más caras aunque más penosas, y siempre partes iguales en los beneficios, sin ningún recorte, me decidí inmediatamente. La señora Fournier ocupaba entonces una casa entera y su serrallo estaba compuesto por cinco lindas muchachas; yo fui la sexta.
El palacio-serrallo era enorme y lo cercaban jardines y frondas de arbustos y árboles en flor, de hoja perenne, que aromaban el aire.
¡Tú, tú qué has de jacer na malo nunca! ¿Cuándo ha sío malo tener un serrallo en ca esquina? Eso no es malo, pero ya estoy jartica de aguantarte carros y carretas y carretones, y lo único que quiero ya es que cojas el portante y te vayas y te pudras con tu nueva abanderaíta; pero otra vez ten más cudiaíto cuando te den un retrato y no te lo dejes orviao, y toma el que te dejaste ayer, que güele mal, que me tiene apestá la casa y he tenío que gastarme una fortuna en romero.
Vino, pues, la noche y la hora acostumbrada de acudir al torno, donde vinieron todas las criadas de casa, grandes y chicas, negras y blancas, porque todas estaban deseosas de ver dentro de su serrallo al señor músico; pero no vino Leonora, y, preguntando Loaysa por ella, le respondieron que estaba acostada con su velado, el cual tenía cerrada la puerta del aposento donde dormía con llave, y después de haber cerrado se la ponía debajo de la almohada; y que su señora les había dicho que, en durmiéndose el viejo, haría por tomarle la llave maestra y sacarla en cera, que ya llevaba preparada y blanda, y que de allí a un poco habían de ir a requerirla por una gatera.
Y salía de sus regazos más sediento, más magullado del alma, más melancólico, y se encerraba, a veces, semanas enteras, sin querer poner los pies en el recinto del serrallo, hasta que, alentando un poco, volvía a su inútil lucha con lo imposible, para recaer en la pena y en el despecho.
Sus ojos bellísimos estaban empañados de lágrimas, su hermoso rostro había perdido en fuerza del horrible pesar que le agobiara, ese tinte sonrosado de gracia y lozanía que tanto la embellecía en sus días de ventura, y en su lugar, lo había sustituido el blanco pálido de la perla. En su dolor, Lucía estaba celestial. ¿Era una de las huríes del serrallo de Mahoma? No, era una de las vírgenes de Rafael.
Hacía mucho tiempo que estaba en casa de la señora Fournier, era la más antigua de su serrallo y aquella en quien tenía más confianza.