Ejemplos ?
Cuando la lluvia hubo amainado algo y nuestro escarabajo se pudo sacar el agua de los ojos, vio relucir enfrente un objeto blanco; era ropa que se estaba blanqueando.
Peggotty llega también para ayudar, y enseguida pone manos a la obra. Frota todo lo frotable hasta que lo ve relucir, quieras que no, como su frente lustrosa.
Más de una vez, había suscitado camorras, y sacado el revólver o hecho relucir la cuchilla; pero no había pasado de compadradas de que nadie había hecho caso.
Ni el marido de Juana tenía la pretensión de sacar a relucir su arte recóndito, ni Juana mostraba interés en que la gente se enterase de que ella era lista, ingeniosa, perspicaz, capaz de sentir y ver rancho.
La verdad salió a relucir en el voluminoso Libro Azul de 1863 Libros Azules ( Blue Books ), denominación general de las publicaciones de documentos del parlamento inglés y de los documentos diplomáticos del Ministerio del Exterior, debida al color azul de la cubierta.
Acaso en el bosque evocaba las épocas del roto poderío egipciaco, un gitano viejo que, recostado contra un naranjo y poniendo sus ojos en el cielo, libre de nubes, repetía el cantar siguiente: ::No hables mal de los gitanos, ::que llevan sangre de reyes ::en las palmas de las manos. El resto de la tribu había registrado el fondo de sus albardones para sacar la trapería lujosa a relucir.
Otras veces era la situación económica de la familia la que sacaba a relucir; hablaba de los sacrificios, del capital anticipado para hacerle un violinista eminente.
Y los vehículos se pusieron en marcha para la ciudad, llegando salvos de otro Quita Calzones, pero con el cuento del pasaje del canónigo Ferreti, que fue el platillo por muchos días, saliendo a relucir cada vez que se hablaba de paseo por aquellos contornos.
Primero el topetazo colectivo, el primer azar de la lucha, jugada entre los fogonazos de las pistolas, el relucir de los cuchillos, el dentellear de las tijeras y el romper de los guijos sobre los cuerpos jadeantes.
Pero, ¿por qué se hablaba de ellos? Hablóse de Rusia, de Moscú, y salió a relucir el Kremlin, que Jorge de niño había dibujado para la señorita Emilia.
Cabalgó mi abuelo hasta la casa de su principal acreedor (aquel al que llamaban Laurie Lapraik) para ver si podía sacarle algo; pero cuando le contó la historia, no obtuvo más que los peores insultos de su repertorio –ladrón, mendigo y granuja fueron los más suaves–; y junto a los insultos sacó de nuevo a relucir la historia de que mi abuelo se había manchado las manos con la sangre de los justos, como si un vasallo hubiera podido negarse a cabalgar junto a su señor, y más junto a un señor como Sir Robert Redgauntlet.
De noche, al retirarse a su cuarto, sobre la sien de su mujer el cañón de las pistolas de duelo, inglesas, que estaba viendo relucir en la panoplia.