Ejemplos ?
Hubo una larga pausa. Mi tío seguía tendido en el suelo, mudo y quieto. Me pareció que se había quedado dormido, y así se lo dije a las monjas.
-Siéntese usted, señor Wyatt -replicó el capitán con alguna severidad-. Terminará por hacer zozobrar el bote si no se está quieto.
Ulises ::Si, urdido por un dios todo es posible. Atena ::Calla, pues, y estate quieto aquí en donde estas. Ulises ::Me quedo, pues, mas, por mi gusto, mejor estaría en cualquier otro sitio.
Has de dar audiencia a tantos millares de hombres; has de disponer tantos memoriales; has de acudir al despacho de tantas cosas como de todas partes del mundo ocurren para poder cumplir por orden de oficio de ministerio tan importante; y esto requiere un ánimo quieto.
Es el caso que, hace quince días, cuando muy quieto me estaba en el sillón oficinesco, ensimismado en compulsar unas papeletas bibliográficas, se me presentó un caballerito que, por lo acicalado y cumplido, y por la buena caída de ojos, no Icnía estampa de cartulario, y con toda cortesía me notificó auto para presentarme á prestar una declaración ante mi ami- go el juez de primera instancia doctor B Aquello fué como una puñalada traicionera.
El repugnante personaje no dijo ni palabra, y fue a acurrucarse a un rincón de la cabaña, donde permaneció más quieto que una estatua, contemplando fijamente con su único ojo un crucifijo que sostenía en su mano.
Doblo el cabezal, que toma la mano, favoreciendo mi pretina, y yo, dudoso de añadir yerros a yerros, la lanceta entre los labios, y ella a las espaldas vuelto el rostro, mientras estudian excusas mis pensamientos, pregunto: «¿Sobre qué achaque os sangráis, que el pulso quieto niega expulsión a claveles, y yo ejecutalla temo?» -«No he consultado dotores (responde); pero, cayendo de un coche, experiencias mandan usar de tales remedios.» -«Pues, señora, le replico, pena en Madrid nos han puesto al sangrar sin permisión de los hijos de Galeno.» -«No hay aquí quien os acuse», replica; y yo, resistiendo, que no he de hacerlo porfío, y el listón del brazo suelto.
Hablaba, comía, se levantaba, corría a su biblioteca y me traía libros, me enseñaba las láminas y me servía vino: no estaba más de dos minutos quieto.
Eso incrementó mi ira como el redoble del tambor enardece al soldado. Pero incluso entonces me dominé y permanecí quieto. Apenas respiraba.
Yo, pensando que bien pudiera quizás mi muerte impedir alguna mayor infelicidad, crucé los brazos, y quieto esperé el golpe mortal.
En cambio, el duendecillo ya no podía estarse quieto como antes, escuchando toda aquella erudición y sabihondura de la planta baja, sino que en cuanto veía brillar la luz en la buhardilla, era como si sus rayos fuesen unos potentes cables que lo remontaban a las alturas; tenía que subir a mirar por el ojo de la cerradura, y siempre se sentía rodeado de una grandiosidad como la que experimentamos en el mar tempestuoso, cuando Dios levanta sus olas; y rompía a llorar, sin saber él mismo por qué, pero las lágrimas le hacían un gran bien.
-Deje usté a mi Paco quieto, que demasiao güeno es mi Paco que no se mete con naide -exclamó con voz irritada Clotilde, interrumpiendo bruscamente a su madre.