Ejemplos ?
Óyense preces en ignotas aras; y al fin, envuelta en sus oscuros velos, la inmensa negra de pupilas claras… penetra en el alcázar de los cielos.
Surge Morfeo, el dios ebrio de opio que al pardo búho del osario alegra, y el astrónomo apunta el telescopio a las pupilas de la inmensa negra.
Como dos claros pozos de tranquilas aguas en cuencos de marmórea roca, se remansaba el llanto en sus pupilas sobre el rictus amargo de su boca.
Gotas de sudor fluían por su rostro grandes como perlas; echaban fuego sus pupilas, su boca espuma, y las venas de su cuello y frente negreaban en relieve sobre su blanco cutis como si estuvieran repletas de sangre.
Únicamente al mirarnos por primera vez de noche para dirigirnos al Metropole, Enid tenía ya en sus pupilas profundas la tiniebla del más allá, y yo tenía un revólver en el bolsillo.
Rosalía, sentada en una antigua butaca forrada de yute, contemplaba con pupilas en que la fiebre ponía un fuego abrasador la serena perspectiva; extendidos tonos violáceos circuían sus ojos, y las rosas de sus pómulos hacían resaltar los intensamente amarillos que habían sustituido los nacarinos con que en días más felices había dado envidia a los nardos de sus macetas; sus labios entreabiertos constantemente, ponían una mueca de dolor en su pálido semblante.
(179) Y al través de cada pliegue Del cortinaje ostentoso De su lecho, un horroroso Espectro aguardando está; Y en vano cierra los párpados, Que bajo forma distinta En sus pupilas se pinta Mas espantoso quizá.
Y el mercader desde el muelle, con desolación profunda, por el través de dos lágrimas que sus pupilas le anublan, quedó mirando las velas que en precipitada fuga se llevan cuanto idolatra, y amor y amistad le hurtan.
Estaba rodeado de ramas de árboles sobre las que se movían lentejuelas fosforescentes. Eran las pupilas de los pájaros que reflejaban en su fondo la luz de la luna, invisibles desde el lugar donde yo vigilaba.
Y comprimidos los labios, las pupilas en las órbitas rodando desconcertadas, burlando la astucia pronta de los jugadores pálidos a quien impone su torva mirada, el mozo impertérrito oro sobre oro amontona.
Su diestra se apoyaba ahora en el labrado mango de oro de un puñal que le cruzaba la cintura. Una luz sombría como la que destellan las gemas del salitre centelleaba en el fondo de sus pupilas.
Las pupilas del mozo y las de sus perros, al beber, se duplicaban y centuplicaban de cristal en cristal, de marco en marco, entre la doble frontera natural de la onda y de los ojos.