Ejemplos ?
Y, sin embargo, experimentó una angustia infinita cuando, poco más tarde, la encantadora muchachita cayó enferma, y el coche del doctor se paraba cada mediodía delante de la puerta. -No conservarán a la niña -decía la portera-.
Miedo a su padrastro, que le atizaba leña al menor descuido; miedo a la portera, que era bigotuda, y le gruñía si no restregaba muy bien los zapatos en los hierros del umbral, al volver de la calle; miedo a los guardias de Orden Público, que un día le tiraron de las orejas, sin piedad de sus sabañones; miedo a su hermana, que le llevaba dos años y mandaba a zapatos en él; miedo al maestro, que no le había castigado nunca, pero que gastaba unas cejas peludas como jopos de conejo; miedo a los guripas de la calle, procaces y osados cual gorriones, que le hacían burla y le amenazaban con morradas, y cumplían la amenaza a veces.
«¡Mi Eugenia, sí, la mía –iba diciéndose–, esta que me estoy forjando a solas, y no la otra, no la de carne y hueso, no la que vi cruzar por la puerta de mi casa, aparición fortuita, no la de la portera!
Era casi una niña, con los ojos aterciopelados, muy amorosos y dulces. Se adelantó para llamar, y nos abrió la hermana portera: —¡Deo gracias!
mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro.
–Dígame, buena mujer –interpeló a la portera sin sacar el índice y el pulgar del bolsillo–, ¿podría decirme aquí, en confianza y para inter nos, el nombre de esta señorita que acaba de entrar?
–Disponga de mí, caballero, y cuente con una absoluta discreción. «Pues señor –iba diciéndose Augusto al separarse de la portera–, ve aquí cómo he quedado comprometido con esta buena mujer.
Ya tengo casa que rondar; ya tengo una portera confidente...» Mientras iba así hablando consigo mismo cruzó con Eugenia sin advertir siquiera el resplandor de sus ojos.
Llegados al monasterio dejó á éste en la puerta y, pene- li'ando sólo en la portería, ordenó á la portera previniese á la comunidad que, bajo pena de excomunión ipso fado incurren- da prohibía á las monjas asomar las narices fuera de la cel- da, hastíi que él tocara la campana convocando á coro.
Alejada la hermana portera para cumplimentar el manda- to, dio su ilustrísima entrada al fingido familiar, quien, ya en su celda, cambió rápidamente de vestido.
Emilia se había portado como un ángel de consuelo. Había bajado al sótano, escribía la madre, añadiendo que le permitían continuar de portera.
Ya le dije que esa habitación no tenía inquilinos cuando vine a la casa. Tal vez la portera sabrá... La portera no pudo proporcionarle noticias sobre el paradero de Andrea.