Ejemplos ?
Dijo; y levantando las hermosas tapas de las arcas, cogió doce magníficos peplos, doce mantos sencillos, doce tapetes, doce bellos palios y otras tantas túnicas.
Decidme la verdad: ¿Adónde ha ido Andrómaca, la de níveos brazos, desde el palacio? ¿A visitar a mis hermanas o a mis cuñadas de hermosos peplos?
Ya que nos mandas decir la verdad, no fue a visitar a tus hermanas ni a tus cuñadas de hermosos peplos, ni al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa, sino que subió a la gran torre de Ilión, porque supo que los teucros llevaban la peor parte y era grande el ímpetu de los aqueos.
¡Qué calamidades sangrientas é impías he visto con mis ojos en las moradas reales! Sacando y empuñando las espadas ocultas bajo sus peplos purpúreos, cada uno de ellos miró á su alrededor si había alguien.
¿Cómo terminaremos el combate? PÍLADES Llevaremos espadas ocultas debajo de nuestros peplos. ORESTES Pero ¿cómo la vamos á matar delante de sus servidores?
Así tú regocijarás, en las naves, a todos los aqueos y especialmente a tus amigos y compañeros; y yo alegraré, en la gran ciudad del rey Príamo, a los troyanos y a las troyanas, de rozagantes peplos, que habrán ido a los sagrados templos a orar por mí.
¿El ruido no escucháis de astas y escudos? Acudamos con peplos y coronas, Las aras de los dioses a ceñir. ¡Oh dios del áureo yelmo, Ares, señor antiguo de esta tierra, Defiende la ciudad que tanto amaste.
Pero yo no me dejé persuadir —mucho mejor hubiera sido aceptar su consejo—, y ahora que he causado la ruina del ejército con mi imprudencia, temo a los troyanos y a las troyanas, de rozagantes peplos, y que alguien menos valiente que yo exclame: Héctor, fiado en su pujanza, perdió las tropas.
Quien, por el contrario, recibe en su morada semejante ruina, se regocija, cubre de adornos a la funestísima ídola, la engalana con peplos el desdichado y gasta toda la hacienda de su familia.
Y el que no llevaba nada recibía estas palabras injuriosas del que llevaba algo: «¡Oh cobarde, te quedas ahí de pie, y nada traes para la joven, ni peplos, ni atavíos!
Después (¿lo creerás?), tras de amistosas palabras, empuñando bruscamente las espadas ocultas en sus peplos, pincharon á mis hijos, y me cogieron otras de las manos y los pies, como enemigas ya.
Contestó el gran Héctor, de tremolante casco: — Todo esto me preocupa, mujer, pero mucho me sonrojaría ante los troyanos y las troyanas de rozagantes peplos si como un cobarde huyera del combate; y tampoco mi corazón me incita a ello, que siempre supe ser valiente y pelear en primera fila, manteniendo la inmensa gloria de mi padre y de mí mismo.