peluca

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peluca

(Del fr. perruque.)
1. s. f. INDUMENTARIA Y MODA Cabellera postiza es morena, pero lleva una peluca rubia .
2. s. m. y f. INDUMENTARIA Y MODA Persona que usa cabellera postiza.
3. coloquial Reprimenda fuerte, dada a un inferior el jefe le dio una severa peluca a la secretaria. bronca

peluca

 
f. Cabellera postiza.
fig. y fam.Persona que la usa.
fig.Represión severa.

peluca

(pe'luka)
sustantivo femenino
cabellera postiza peluca de payaso
Sinónimos

peluca

sustantivo femenino
1 peluquín, bisoñé.
Peluquín es la peluca pequeña o que solo cubre una parte de la cabeza; bisoñé es la que cubre la parte delantera.
Traducciones

peluca

wig, peruke

peluca

Perücke

peluca

perruque

peluca

parrucca

peluca

paruka

peluca

paryk

peluca

peruukki

peluca

perika

peluca

かつら

peluca

가발

peluca

pruik

peluca

parykk

peluca

peruka

peluca

peruca

peluca

peruk

peluca

ผมปลอม

peluca

peruk

peluca

bộ tóc giả

peluca

假发

peluca

假髮

peluca

פאה

peluca

SF
1. (para cabeza) → wig
2. (= rapapolvo) → dressing-down

peluca

f. wig.

peluca

f wig
Ejemplos ?
Bien sabe Dios que eso es tontería, porque yo y los que a mí se parecen, que no son pocos, tenemos las cabezas mejores que para ciencias y artes para moldes de pelucas, y lo digo con vanidad.
Bruñendo los cuadros horizontales, se quebraba contra ellos en finas aristas, según las resquebrajaduras del barniz; y de todos aquellos grandes cuadros negros enmarcados en oro se destacaba, acá y a11á, alguna parte más clara de la pintura, una frente pálida, dos ojos que parecían mirarte, unas pelucas que se extendían sobre el hombro empolvado de los uniformes rojos, o bien la hebilla de una jarretera en lo alto de una rolliza pantorrilla.
(Hay lacas, mosaicos, jarras de Satsuma Divanes de Persia, sillas de Academia). Las Horas ostentan primorosos trajes, Grandes abanicos, mágicas pelucas.
Le bandeau, podría servir como ejemplo para mostrar la diferencia entre la tragédie philosophique y el drama de la vida real; la introducción por primera vez de la palabra mouchoir en el teatro francés marcó una fecha en aquel movimiento romántico-realista, del que V Hugo es el padre y Zola el enfant terrible, de igual manera que el clasicismo de comienzos del siglo XIX se acentuó con la actitud de Talma, negándose a representar nunca más a los héroes griegos con sus pelucas empolvadas, uno de los muchos ejemplos de ese afán por la exactitud arqueológica del traje que distingue a los grandes actores modernos.
El ambiente era hermoso, como pocos…Aún los corpazos de las palmeras sostenían sus descocadas pelucas y apenas un ligero vien-tecillo les daba apariencias de enormes abanicos.
Ella, Ketty, alquilaría los disfraces. Nada de anticuados dominós: unas pelucas de color, unos antifaces que tapasen bien, y lo demás, a capricho.
El fondo de aquella habitación estaba separado del resto por una balaustrada y allí, a cada lado de un estrado en forma de herradura, vi, instalados en cómodas sillas, a numerosos caballeros revestidos de rojo y con pelucas grises: eran los doctores en cuestión.
El padre anduvo enseñándolo por las principales ciudades de Europa, vestido como un príncipe, con su casaquita color de pulga, sus polainas de terciopelo, sus zapatos de hebilla, y el pelo largo y rizado, atado por detrás como las pelucas.
No acertaría a decir lo que era un carnaval en aquellos tiempos de gozo, en que buscábamos para las comparsas y sus disfraces los arreos de nuestros antepasados, los tricornios mugrientos que habían corrido la tuna, las casacas moradas que habían asistido al recibimiento de la Reina María Luisa, las chupas de raso bordadas con guirnaldillas de rositas, los enormes relojes competidores de los que sonaban en las torres, los guardapiés de tisú, las pelucas empolvadas, los mil objetos con que hoy comerciaría un anticuario y que nosotros aderezábamos de pintoresca manera, sin otro consejo que el capricho de nuestra desenfrenada fantasía, ni más fin que divertirnos todos, viéndonos los unos a los otros por las calles en una broma continua.
Así los alzaba hace ciento veinte años, para ver, entre la atmósfera de la corte, perfumada de mariscala, los tacones rojos de las favoritas, las empolvadas pelucas, las chorreras de encajes, las casacas de colorines de los cortesanos que rodeaban al sifilítico monarca.
Oía la campanilla del teatro que llamaba a los cómicos a la representación, y veía, enfrente, pasar hombres con la cara blanca y mujeres con vestidos ajados que entraban por la puerta de los bastidores. Hacía calor en aquella pequeña peluquería demasiado baja, donde la estufa zumbaba en medio de las pelucas y de las pomadas.
¿Me gustaría saber, sin hablar del resto, para qué sirven todas esas cintas con las que os veo, relleno de pies a cabeza, y si media docena de agujetas no bastan para atar unos calzones? No veo la necesidad de emplear dinero en pelucas, cuando se pueden llevar cabellos propios que no cuestan nada.