pecoso

pecoso, a

adj./ s. Que tiene pecas en verano se pone muy pecoso.

pecoso, -sa

 
adj. Que tiene pecas.

pecoso, -sa

(pe'kosa, -sa)
abreviación
que tiene pecas niño pecoso
Traducciones

pecoso

speckled

pecoso

ADJfreckled

pecoso-a

a. freckled.
Ejemplos ?
Ya había transcurrido una hora; ya el señor Paco y el Pecoso, dando generosamente al olvido insignificantes quisquillas, e inspirados ambos por el néctar olorosísimo y, riente de las vides montillanas, hablábanse de tú, reconocíanse como las dos más altas personalidades de la provincia y no osaban incorporarse por temor a enterarse de modo contundentísimo de la mucha o poca resistencia de la solería, cuando: -Ya la cogiste, so pendón, so jartico de roar, so Pijolín, so don Vergüenza Perdía -gritó la señora Pepa la Tabardillos, dignísima consorte del Biznaguero, penetrando en la taberna chancleteando, con el rugoso semblante lleno de indignación, y puestos en jarra los brazos escuálidos y renegridos.
El más joven, muchacho de veinte años escasos, pecoso, con una abundante cabellera rojiza, a la que debía el apodo de Cabeza de Cobre, con que todo el mundo lo designaba, era de baja estatura, fuerte y robusto.
-Naturalmente que sí -tornó a repetir el Pecoso con el mismo acento de zumba, plácido y riente. -No lo repita usté más -gritó el Biznaguero con acento iracundo, al par que se incorporaba en amenazadora actitud- ¡No lo repita usté u no le quea a usté peca aonde yo no le ponga un dátil, o un prescinto o una puñalá trapera!
Sentíase inquieto, y de reojo examinaba el ovalado rostro pecoso, con las finas cejas rojas bajo la visera verde del sombrero, y los labios como inflamados, mientras que las dos alas de cabello color de cobre ceñían las sienes cubriendo las orejas, y las pupilas transparentes lanzaban haces de mirada.
-Sí, yo..., yo..., yo... lo he convidao -exclamó el Pecoso, golpeándose tres veces consecutivas en el robusto pecho-. Yo lo he conviao y él me ha conviao a mí, y dambos mos hemos conviao, y yo tengo pa usté...
-Anda pa casa, so charrán; anda pa casa -exclamó la señora Pepa, agarrando a su hombre por un brazo, no sin arrojar antes una mirada de cómico desprecio sobre Julián el Pecoso.
-preguntóle al Biznaguero Julián el Pecoso, que, reclinado contra la pared en una silla, en un extremo del hondilón, con los brazos cruzados sobre el pecho, en mangas de camisa, contemplaba en perezosa actitud el gato que dormitaba muellemente sobre el barril del amontillado.
Un «ahí viene» le hizo comprender que era a él a quien esperaban, y al detenerse en el pasillo, la desconocida, volviendo el rostro, ligeramente pecoso, le dijo: –¿Usted es el señor Erdosain?
Pos si no hay en toa la provincia un mozo de los de ácana que no le haiga jecho la ruea a esa gachí y que no haiga sacao lo mesmito que tú, y si no, aquí me tiées a mí, que no creo yo estar tampoco entoavía pa que me embalsamen, y tamién a mí un día que se me acalenturó el cuerpo mirándola, y porque me permití decirle que..., vaya..., cuasi na..., cuatro llenas y cuatro vacías, por poquito si tengo que darle parte al sereno, y no te creas tú que liemos sío sólo nosotros, que lo mismo que a ti y que a mí le pasó con ella al Pecoso, y mira tú que el Pecoso es un hombre con más tronío que un barreno y con más parneses que pecas, y, sin embargo, el gachó tuvo que virar der to y poner la proa a la mar, y «me alegro de verte güena».
Y al pensar que su Joseíto, en lugar de irse a pagar el vencimiento de la hipoteca, hubiese metido su caballo sierra adentro para ir en busca del Petaquero, profunda zozobra apoderábase de su corazón; ella sabía que los tiempos habían cambiado, que ya todos los que al tabaco se echaban tenían que tutearse con la que nos pudre, y que no eran pocos los que, como el Petaquero, tenían que andar jugando al zorro que te vi entre breñas y abulagas en espera de poder pillar un transatlántico que los llevara a las Américas latinas, y menos mal para los que podían hacer esto, que otros como Antón el Cantonera, Paco el Pecoso y Casimiro el Broñigal, habían pagado con la número uno su ambición y su valentía.
-¡Naturalmente que sí! -repitió el Pecoso en el mismo tono con que hubo de decirlo la vez primera. El señor Paco lo contempló con mirada trágica durante algunos momentos, apuró sin pestañear después dos o tres cristales más, limpióse la boca con el dorso de la mano y dijo con tono en que la compasión y el desprecio vibraban al unísono: -No me alevanto y no me voy pa usté, y no le saco a usté un riñón y no me lo como sarteao, porque con to usté no tengo ni pa empezar una merienda.
Y pensó: –Debe ser una perversa –pues había reparado que bajo la toca verde, el cabello rojo de Hipólita se alisaba a lo largo de las sientes en dos lisos bandos que cubrían la punta de sus orejas. Volvió a observar sus pestañas fijas y rojas y los labios que parecían inflamados en la sonrojada morbidez del rostro pecoso.