Ejemplos ?
Voy a llegarme al lagar del Cosquera, aonde me han dicho que tiée tamién cuatro o cinco y lo que sa menester es que no lo haigan criao a sus pechos, como usté a criao sus cuatro o cinco azucenas.
Por el suelo, ya sin norma, brincan sus manos cortadas que aún pueden cruzarse en tenue oración decapitada. Por los rojos agujeros donde sus pechos estaban se ven cielos diminutos y arroyos de leche blanca.
Son tus besos en mi espalda avispas y vientecillos en doble enjambre de flautas. Thamar, en tus pechos altos hay dos peces que me llaman, y en las yemas de tus dedos rumor de rosa encerrada.
A él, lejos, desde el alga, con afligidos ojillos la Minoide, 60 pétrea, como la efigie de una bacante, escudriña, ay, escudriña, y en las grandes olas de las angustias fluctúa, sin retener en su flava cabeza la sutil mitra, sin proteger velado su pecho con su leve atuendo, sin ligar con la torneada faja de leche sus pechos, 65 lo cual todo, resbalado de entero su cuerpo por doquier, de ella ante los pies, con los flujos de sal jugaban.
De él las egregias virtudes y claros hechos a menudo confesarán, de sus hijos en el funeral, las madres, cuando su descuidado pelo suelten de su cana cabeza 350 y sus marchitos pechos señalen con sus infirmes palmas.
Ahora vosotras, a las que con su optada luz unció la tea, no antes a vuestros unánimes esposos vuestros cuerpos 80 entregad, desnudando, arrojado el vestido, vuestros pechos, de que, agradables a mí, presentes libe el ónice, vuestro ónice, las que honráis las leyes para el casto lecho.
Extremeño, ioh no ser aún ese hombre por el que te mató la vida y te parió la muerte y quedarse tan sólo a verte así, desde este lobo, cómo sigues arando en nuestros pechos!
-Lo que sa menester -dijo con expresión fría y resignada- es que uno pruebe llevar un cabo -y después, dirigiéndose a sus cornpañeros, gritó-: A ver, muchachos, un cabo. Un rumor de protesta brotó de todos aquellos pechos varoniles, y -Ca, patrón, usté no -dijo el Áncora acercándosele rápido.
No el tuyo, leve, a malos adulterios dado, tu hombre, oprobios indecentes persiguiendo, de tus tiernos pechos 100 querrá levantarse, sino como la flexible vid los contiguos árboles estrecha, se estrechará en tu abrazo.
Creí que otra pareja pasaba ante mí; la eterna, la que vive desde que la Humanidad sintió algo más que la punzada del estómago hambriento y la cólera homicida de la, bestia que necesitaba matar para existir; la que está esculpida en mármoles a los que los siglos han dado la amarillez del ámbar; la que ha pasado las puertas de los poetas y los artistas, en horas decisivas, para marcar su trabajo con el sello de la inmortalidad: él, arrogante arquero, coronado de rosas; ella, pálida y ceñuda, con el reloj apoyado en los potentes pechos, de los que manan el Olvido y la Nada, marchando tras el jovenzuelo, como una amante vieja, sumisa y recelosa, que teme perderlo.
Mientras el hombre vaga en los remotos siglos prehistóricos sobre la tierra cubierta de matorrales, aprovechando sus frutos espontáneos, como un parásito inútil, no existen sociedad, historia ni familia; el día en que, bajando los ojos al suelo, piensa por primera vez en los pechos inagotables de la gran madre y araña su superficie en busca del yugo de sus entrañas, empieza la gran epopeya de la bestia convertida en ser humano.
Allí lo esperaba una mujer robusta y gigantesca, provista de un cornudo casco en su cabeza y trenzas al aire, que lo tomó guerrillera entre sus brazos y tratándolo como a un nene, lo acurrucó en sus enormes pechos e intentó darle de mamar.