paulino

paulino, a

(De san Pablo.)
adj. RELIGIÓN De este apóstol.
Gran Diccionario de la Lengua Española © 2016 Larousse Editorial, S.L.

paulino -na

 
adj. Relativo al apóstol san Pablo.
Diccionario Enciclopédico Vox 1. © 2009 Larousse Editorial, S.L.
Traducciones

paulino

Paolino
Ejemplos ?
Pero esto tienen los celos, calvario del querer, donde se autocrucifica el sentenciado, y jamás hubo verdugo ni sayón que así se esmerase en hincar hondo los clavos y en estirazar duro las sogas, como el celoso, esmerándose en refinar el tormento, y en alargarlo, y en complicarlo para que llegue a todos los nervios y a todas las fibras y a las últimas celdillas donde el pensamiento se devana... ¿De qué tenía celos Paulino?
A Paulino La mayor parte de los hombres, oh Paulino, se queja de la naturaleza, culpándola de que nos haya criado para edad tan corta, y que el espacio que nos dio de vida corra tan veloz, que vienen a ser muy pocos aquellos a quien no se les acaba en medio de las prevenciones para pasarla.
Paulino Montes, muchacho de posición excelente -lo que se dice una conveniencia-, se enamoró de una artista. Al menos así la calificaban los periódicos al publicar su retrato.
Es preciso reconocer que Paulino no se engañó a sí mismo; al sentirse ciegamente prendado de la Candela, ni un instante atribuyó su inclinación a los méritos artísticos de la muchacha, a su canto ni a sus danzas.
Sin embargo, las tablas fueron cómplices, y aquellos brazos torneados y aquella admirable mata rubia, y aquellas canillas elegantes, no se ostentarían en otro lugar como allí, a las luces de bengala y con el atavío verde claro de «Canal de Isabel II», en una revista hidráulica que embelesó a todo Madrid. Paulino era hasta inteligente en música; no dudó de que el arte nada perdía cuando, arrastrado por estímulos superiores a su voluntad, propuso a Candela el matrimonio, tres meses después de gustar con ella conversación entre bastidores.
Iba a tener su casa, su hogar tranquilo y acolchado, y cuando quisiese, compraría un palco en la taquilla, y con él, el derecho a reírse de las que seguían saltando y desafinando para comer. La luna de miel exaltó el amor de Paulino.
Si en la parte física se asemejaban los dos niños, no ocurría lo mismo en la moral. Guillermo era bueno, caritativo y amable; Paulino adusto, retraído y envidioso.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo—. ¡Dame caña! —¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada. —¡No, me diste agua!
Por lo cual escribía ingenuamente a San Paulino, varón en otro tiempo distinguido por su dignidad senatorial y consular, y poco antes convertido a la fe de Cristo: «Si tuvieres este fundamento (esto es, la ciencia de las Escrituras), más aún, si te guiara la mano en tus obras, no habría nada más bello, más docto ni más latino que tus volúmenes...
Aunque, amigo, la patrona lo ha querer agradar: dejemé, voy a carniar con cuero una vaquillona.. .. .. .. .. ... Y ya enderezó Martín rumbiando para el rodeo y Paulino a su deseo, hizo estas coplas por fin.
A las horas en que los párpados se cierran, pero el insomnio no suprime la vida cerebral y psíquica, veía Paulino a su mujer no cual andaba ahora, con atavío elegante y serio, sino como se presentaba antes en el escenario: con la malla señalando morbideces, las gasas plegadas orlando de espuma dos columnillas de vivo alabastro, las gorras y tocados fantásticos acentuando el incitativo melindre de la cara, las lentejuelas fascinando y espejeando en el torso culebreador.
Alucinado el oído como la vista, Paulino escuchaba el murmurio de la muchedumbre, más grosero en las localidades altas, más cínico en las bajas, y fijándose espectador por espectador, sorprendía en las pupilas la chispa codiciosa, y en los labios péndulos de los vejetes la baba impura, y el guiño significativo trocado de butaca a butaca, y las palabrillas picantes susurradas a media voz...