Ejemplos ?
En su copa de púrpura embozada, la mano sobre el pomo cincelado de su sutil y florentina espada, la blanca pluma del chambergo al viento, al luar de las noches estivales bajo la esbelta ojiva de un convento mustió sus primeros madrigales.
Tenía los ojos grandes y rodeados de un sombrío cerco de pestañas negras, en cuyo fondo brillaba el punto de luz de su ardiente pupila como una estrella en el cielo de una noche oscura. Sus labios, encendidos y rojos parecían recortados hábilmente de un paño de púrpura por las invisibles manos de un hada.
Cadenas echas de flores De deseos y de antojos Forjadas en unos ojos De pudoroso mirar O en unos labios de púrpura Que sonrien tiernamente Ensayados diestramente En sonreir y en hablar.
La gloria es humo y ruido: la fama un manto regio de púrpura en que escupe la estupidez vulgar, el vulgo que osa a todo lo superior y egregio; pero el hogar es santo lugar de privilegio do el mal halla consuelos y la virtud altar.
Yo siento, también, que el horror es bello, y amo la púrpura gloriosa de la sangre, y el saqueo de los pueblos, y a los viejos soldados crueles, y a los que violan doncellas, y a los que incendian mieses, y a cuantos hacen desafueros al amparo del fuero militar.
Los soldados le llevaron dentro del palacio, es decir, al pretorio y llaman a toda la cohorte. 17. Le visten de púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñen. 18.
Y le golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían y, doblando las rodillas, se postraban ante él. 20. Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron la púrpura, le pusieron sus ropas y le sacan fuera para crucificarle. 21.
Un minuto después volví a abrir los ojos, pues a través de mis párpados la veía relucir con los colores del prisma en una penumbra púrpura, como cuando se ha mirado al sol.
Decidme: ¿el que idolatró las estrellas, porque vea de la que se anticipó el esplendor, a las otras las69 negará el esplendor? ¿El que en el culto jardín vio la rosa y celebró la púrpura, del jazmín después no alabó el candor?
Quiso el cielo, cuando el planeta mayor de púrpura entapizaba su real peregrinación, que tropezase mi dama en un hoyo, a intercesión de mis ruegos: que en Madrid todo sirve a la ocasión.
Estaba cubierta por un velo de lino de un blanco resplandeciente que resaltaba aún más gracias al púrpura del cortinaje, de una finura tal que no ocultaba lo más mínimo la encantadora forma de su cuerpo y dejaba ver sus bellas líneas ondulantes como el cuello de un cisne que ni siquiera la muerte había podido entumecer.
Una mañana, me encontraba desayunando en una mesita junto a su lecho, para no separarme de ella ni un minuto, y partiendo una fruta me hice casualmente un corte en un dedo bastante profundo. La sangre, color púrpura, corrió enseguida, y unas gotas salpicaron a Clarimonda.