olores

olores

s. m. pl. Chile COCINA Especias, sustancias vegetales aromáticas que se usan como condimentos.
Gran Diccionario de la Lengua Española © 2016 Larousse Editorial, S.L.
Ejemplos ?
Qué sola plenitud de ser liberto y qué alegre acorralar de olvidos. Callado, sin reñir, lejos del llanto, pernocto entre olores de amaranto.
Estos, al olerlo, quedaron embriagados con tan bellos olores y se sintieron inspirados, alegres y lúcidos para manifestar aquellas emociones que sentían.
Yo soy argo pariente der cura; mejor dicho, de una parienta der cura..., la Olores, la hija mayor de los Amargosos, una jembra que de un estornúo parte un ladrillo y comba un plato...; pero mujer de bien, eso sí, mu mujer de bien, y aparte de unos belenes que tuvo con Perico el del Borge y con los Panchos e Granaíllo, no se le conoce na no limpio en sus jarapos.
Sus ojos, negras canicas, apenas si brillaban entre los níveos pelos que caían sobre su carita graciosa y redonda. La naricilla se le elevaba respingona, como alerta, como decidida a descubrir los más inolfateables olores.
Yo no sabía de dónde sacaba tanta energía para resistir lo que me iba sucediendo. Aquí todo despedía olores nauseabundos y sus acerbos hedores me obligaban a no respirar con profundidad.
Los más preciosos tapices doquier vestían los muros, y los perfumes más puros, humeaban por doquier. Gozaba ansiosa la vista los más brillantes colores, el aura exhalaba olores y henchía el alma el placer.
Finalmente, tan desgraciado es el culo que siendo así que todos los miembros del cuerpo se han holgado y huelgan muchas veces, los ojos de la cara gozando de lo hermoso, las narices de los buenos olores, la boca de lo bien sazonado y besando lo que ama, la lengua retozando entre los dientes, deleitándose con el reír, conversar y con ser pródiga y una vez que quiso holgar el pobre culo le quemaron.
Y ahora, todo debía de continuar siendo igualmente perfecto y maravilloso en su género; pero, no obstante, Edgard percibía en tales sonidos, formas, sabores y olores tales deficiencias, tales desafinaciones, tales faltas, mermas y pelillos que, en vez de recrearse, sufría horriblemente, o venía a solicitar del doctor un remedio heroico, radical y eficaz: la supresión de los fatales sentidos; el cierre de las puertas por donde entraba en su espíritu la noción de lo incompleto, de lo mezquino y miserable del humano existir...
Pero suponte, Juan, siguió, clavando en Rovira los ojos pequeños y penetrantes, que por un hábito profesional observan siempre la fisonomía del interlocutor como buscando en ella el síntoma o la expresión de una oculta dolencia; suponte, paso la semana entera en las salas frías del hospital y en las alcobas donde sufren tantos enfermos incurables; veo allí todas las angustias, todas las miserias de la debilidad y del dolor humano en sus formas más tristes y más repugnantes; respiro olores nauseabundos de desaseo...
Mujeres entre adornos y hombres de adustos gestos acompañaban a los desposantes como en desfile de carnaval: Falange de plumas, de pieles, de máscaras, en mezcla de colores y de olores, seguían a la pareja que entraba al compás de una estrepitosa organillera y cual más envanecido, se ufanaba en su religiosa fatuidad.
Detente, cierzo muerto; ven, austro, que recuerdas los amores, aspira por mi huerto, y corran sus olores, y pacerá el Amado entre las flores.
Reina y Señora mía, por quien mil trovadores entonan sus rondeles, bajo del ventanal; Reina, por tu belleza, de las fragantes flores que para Ti, despiden embriagantes olores, perfumando la estancia de tu mansión feudal; por Ti, canta la fuente del parque cristalina su canción, melodiosa serenata de amor, y el ramaje verdoso entreteje una fina labor, y así proteje tu frente alabastrina para que no la hiera de Febo el resplandor.