oigo

Búsquedas relacionadas con oigo: pogo
Traducciones

oigo


V oír
Ejemplos ?
Sigue sonando su timbre cursi. Me voy ahogando en mis sentimientos. Oigo la contestadora con su respuesta obvia. Escucho tu voz que aún me enamora.
vuestras cabezas, vuestras fisonomías, vuestros miembros, se verán rodeados de tinieblas. Oigo vuestros gemidos incesantes, y veo vuestras mejillas anegadas en lágrimas.
No existe una bestia con tanta modestia. Cuando cargo bultos, no oigo los insultos, y aquél que se atreva: ¡A ver! ¡Que me mueva!
¡Esta mujer se ha propuesto matarme! ¡Y para eso quiere que la oiga!... ¡Pues no la oigo a usted! ¡Se acabó la conferencia! ¡Rosa, el almuerzo!
El otro día íbamos en mi coche, mi esposa adelante y las dos tías atrás. Yo iba manejando cuando de pronto oigo un golpe, me extraño y volteé, y era una de mis tías tirando su basura en plena calle.
Despertamos al seminarista, el cual se levantó tres veces, asomándose a la ventana a ver qué ocurría, pero no vio nada, a pesar de que llevaba puestas las gafas; siempre duerme con gafas. -Di «¡miau!» si viene la mujer -interrumpióle el gato- Oigo mal hoy, estoy enfermo.
El tema eléctrico por ejemplo, el tema eléctrico. Faltando pocos días capturamos por allá por… ¿Dónde fue?, ¿eh? No, no le oigo. En Falcón.
“¿Por qué no iría yo a ver ese árbol del cual se habla? Por lo que oigo decir, esas frutas son verdaderamente agradables”, se dijo ella.
Debo deciros que además de lo provechoso que es hablar u oír hablar de filosofía, no hay nada en el mundo en lo que con más gusto tome parte; en cambio me muero de fastidio cuando os oigo a vosotros, los que tenéis dinero, hablar de vuestros intereses.
Pero he aquí vuestra llamada que repercute como uno, dos ecos; oigo donde estáis vosotros”, decía Sabio Pez-Tierra en el hoyo en donde se ocultaba; y llamaba desde el fondo de aquel hoyo.
La razón nos precisa a convenir en que de todas maneras la injusticia es involuntaria, y que es un deber para los individuos en particular y para los Estados en general, manifestarse más atentos y más vigilantes que lo están hoy.» Cuando oigo de tus labios tales discursos, Sócrates, te cobro cariño, y te elogio lleno de admiración.
Poco me imaginaba que dos días después me iba a encontrar en Tananarivo con mi primo Guillermo Emilio, y que desde ese encuentro me naciera la repugnancia que me estremece cada vez que oigo hablar de las orquídeas.