novillos


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novillos

(no'βiʎos)
sustantivo masculino plural
fiesta en la cual se torean a novillos En España son muy comunes los novillos.
Sinónimos

novillos:

hacer pellashacer novillos,
Ejemplos ?
El otro, más joven y de mejor traza que éste, que pasea alrededor de los novillos examinándolos con gran atención, es el comprador: llámanle Ogenio Berezo, y es de las inmediaciones.
-Apaséalos -dice en tono grave el perito. Antón Perales hace caminar sus novillos un corto trecho, al son de las alegres campanillas que les adornan el pescuezo.
SANTARÉN ¿No habrá un resquicio por donde Santarén vea esa cara de membrillo? Señora Polonia, asome toda la tez, que embutido el cuello, como en tablado, veré correr los novillos.
Este primer ensayo demostró a don Bernabé que sin peligro de fundirse podría extender poco a poco a todo su campo el riego, haciéndole producir riquezas incalculables, y que perfeccionando el drenaje de sus cañadones, llegaría a no dejar improductiva nunca una pulgada de tierra, regando las lomas, desagotando los bajos, regándolos también en caso de necesidad, suprimiendo a la vez la sequía y la inundación, haciendo de cada hectárea una verde fuente de novillos gordos o de frutas de gran tamaño o de capones envueltos en grasa o de trigo a montones y de superior calidad.
-¡Que mal rayo me parta si he venío a otra cosa a la feria! Y sábete que por ese dinero ya no tendría en casa los novillos hace una semana, si los hubiera querido vender...
Lo mismo, en un rodeo, las vacas parecían haberle divulgado de antemano, sus secretos: cuántas eran, cuántas vacas viejas y cuántas vaquillonas, y cuántos novillos, y cuántas había de preñadas, entre aquéllas, y qué peso darían éstos; y si faltaba algún animal, era como si hubiera encargado a los demás de avisarle a Ciriaco, tanta era la prontitud con que notaba su ausencia.
El pequeño círculo se agita con gran ruido; todos se felicitan recíprocamente, todos hablan a la vez, y entre todas la voces se destaca la de la ex-dueña de los novillos que charla más que nadie y desbarra como nunca.
Los abastecedores, por otra parte, buenos federales, y por lo mismo buenos católicos, sabiendo que el pueblo de Buenos Aires atesora una docilidad singular para someterse a toda especie de mandamiento, sólo traen en días cuaresmales al matadero, los novillos necesarios para el sustento de los niños y de los enfermos dispensados de la abstinencia por la Bula y no con el ánimo de que se harten algunos herejotes, que no faltan, dispuestos siempre a violar las mandamientos carnificinos de la Iglesia, y a contaminar la sociedad con el mal ejemplo.
De igual manera festejaban los frailes el éxito de un capí- tulo. A veces la corrida de novillos se efectuaba en la plazuela, con gran contentamiento del pueblo.
En efecto, el decimosexto día de la carestía, víspera del día de Dolores, entró a nado por el paso de Burgos al matadero del Alto una tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto para una población acostumbrada a consumir diariamente de 250 a 300, y cuya tercera parte al menos gozaría del fuero eclesiástico de alimentarse con carne.
Vuelven los jugadores y se prepara una escena digna de los habitantes de Melilla, Málaga o Ceuta; escena digna de la nobleza de Melpómene y de la inocente y maligna máscara de Talía; escena, en fin, en que es preciso hacer al autor la justicia de conocer bien a fondo el corazón de la clase más apreciable de la sociedad; pero entonces el cielo, que no duerme, se acaba de declarar en favor de la inocencia, y acumula sobre la barraca una gran cantidad de electricidad que atrae una media docena de rayos; ¡pero qué rayos!; en menos de dos minutos se convierte la escena en función de pólvora, que no parece sino que se van a acabar los novillos.
No sé cuál es el mejor, pero sí escribo: «Un público sale por la tarde a ver y ser visto; a seguir sus intrigas amorosas ya empezadas, o enredar otras nuevas; a hacer el importante junto a los coches; a darse pisotones y a ahogarse en polvo; otro público sale a distraerse, otro a pasearse, sin contar con otro no menos interesante que asiste a las novenas y cuarenta horas, y con otro, no menos ilustrado, atendidos los carteles, que concurre al teatro, a los novillos, al fantasmagórico Mantilla y al Circo olímpico».