Ejemplos ?
Sentóse muy apurada y se llevó un dedo a los labios al tiempo que sus ojos demandaban perdón. Yo insistí en hacerla hablar: —¿Hace mucho que eres novicia?
Ella, sonriente, volvió a indicar el silencio: Después murmuró: —No soy novicia: Soy educanda. Y sentada en la silla de enea quedó abstraída.
Sus lágrimas corrían abundantemente y el hábito de novicia que le habían puesto aquel día prestaba aún más encanto a un dolor que la embellecía.
Apoyada sobre el brazo de una novicia, con el rosario entre los dedos, los ojos bajos y los labios apretados y secos, llega la madre Martina.
- ¿Duermes, pregunta, amor del alma mía? ¿Es posible que el miedo...? - ¡El miedo, el miedo!, exclama la novicia, ¡oh, qué alegría! ¿Te ha vuelto?
Era mi emoción como la del moribundo que contempla los encendidos oros de la tarde y sabe que aquella tarde tan bella es la última. La novicia levantando hacia mí sus ojos, murmuró: —No se fije en que soy tan pequeña, Señor Marqués.
Te dije si te atreverías a correrlo por mí. La novicia calló, y vi temblar sus labios que se tornaron blancos. Al cabo de un momento murmuró sin atreverse a mirarme, inmóvil en su silla de enea, con las manos en cruz: —¿No es usted mi prójimo?
Sí, ésa es la vida, cazar con los nobles, más brutos y más lerdos que los campesinos de mi tierra, galopando vestido con un casacón rojo, tras del alazán del Duque chocho y obtuso; vestirse con otro casacón blanco, con un chaleco de seda bordado de colores y con medias y zapatos femeninos para hacer piruetas de maromeros y grotescos dengues al poner el cotillón en casa de Madame la Princesse Tres Estrellas; acompañar a la novicia recién casada que quiere ponerse al corriente...
El murmullo del rosario que rezaban las monjas en comunidad, llegaba hasta mí como un eco de aquellas almas humildes y felices que cuidaban a los enfermos cual a los rosales de su huerto, y amaban a Dios Nuestro Señor. Por la sombra del cielo iba la luna sola, lejana y blanca como una novicia escapada de su celda.
—He aquí un hombre que me gusta más que todos los que lo han precedido —dijo el obispo—: ¿no sabes si al día siguiente tuvo a su pequeña novicia de dieciséis años?
Esta, que recelaba el torpe empeño, fingió ceder al sueño y vio que el esculapio prontamente montaba a la paciente y que ella culeaba mientras él la estrujaba tanto, que la pobreta tragaba suspirando la receta. La novicia, por no llevar el gorro, gritó: -¡Hermanas, socorro!
Entró aquí para despedirse de usted, y como dormía no quiso despertarle. La novicia calló para correr a la ventana. De nuevo volvían a resonar en la calle los gritos con que el pueblo saludaba a las tropas leales: —¡Viva Dios!