Ejemplos ?
-La justicia de tu Dios... -responde el cacique; adoro su providencia... ¿Me perdonas, Lucía...? -continuó con una voz moribunda. Mira... hermana...
Allá lejos, en el fondo, brillaba como una estrella perdida en el cielo de la noche, una luz moribunda...: la luz de la lámpara que arde en el altar mayor...
En la hoguera, se les vio arrodillados, Sebastián con más fuerzas, sostenía a su esposa moribunda: ambos tenían los ojos y las manos elevados al cielo en actitud suplicante.
Entregaron su cuerpo a las privaciones, su honra a las lenguas, su mocedad a un ascetismo risible, menospreciado..., y cumplieron la palabra dada a una moribunda de salvar un honor y hacer dichoso a un hombre.
Hay otro hermoso símbolo de nuestra España, moribunda, según Salisbury, y es aquel honrado hidalgo manchego Alonso Quijano, que mereció el sobrenombre de Bueno, y que al morir se preparó a nueva vida renunciando a sus locuras y a la vanidad de sus hazañosas empresas, volviendo así su muerte en su provecho lo que había sido en su daño.
Y lo que dejaba de ser extinguió en su alma el recuerdo de lo que había sido; los celos cayeron como fláccidas víboras muertas, y se alzó la compasión, la piedad humana, el arrepentimiento entrañable... -¡Candelaria -gimió al pie del lecho de la moribunda-, perdóname!
Y en qué apuros se vió para hacer llamarada, pues, aunque enterró muy bien la noche antes, el frío había penetrado la ceniza; y aquella brasa moribunda no quería revivir.
-Pos allí viene ya la señá Rosario -decía momentos después el Melindres, mirando hacia el extremo de la calle por donde aquella avanzaba con paso lento y abatida actitud, paso y actitud que hicieron exclamar al señor José con voz que era un último adiós a una moribunda esperanza: -¡De verano!, ¡pero que de verano!- y -¿No te lo decía yo?, jasta mañana si Dios quiere, y si es que le toca la lotería -exclamó la vieja arrojando sobre la mesilla el zapato de la Curruquito.
IV -Tus palabras- exclamo el caudillo- permanecerán grabadas en mi memoria, como el postrer adiós de mi moribunda madre, como el primer juramento de amor de mi adorada Siannah; pero antes de separarnos, quizás para siempre; antes que vuelvas a remontar el vuelo para ocultarte al os ojos de los hombres en la escarpada cumbre de tu roca solitaria, dime, si te es posible o si el secreto de tu existencia puede ser conocido por un miserable mortal: ¿Quien eres tu?
La salud vale más de dos mil rublos... -No -se trata de los dos mil rublos -dijo la dama con voz casi moribunda, secándose una lágrima- Es el hecho lo que me subleva.
Recuerdo que, mientras ellas corrían en este prado, yo, obedeciendo a un consejo de mi madre moribunda, penetré en ese templo abandonado, y fui a prosternarme ante la Santa Virgen que estaba en el altar.
-dijo doña Teresa con tal dignidad, que el Capitán se quedó yerto de espanto. Recobróse al cabo el pobre hombre y expuso con la humildad del más cariñoso hijo, besando las manos de la moribunda: -¡Perdón!