mordacidad


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mordacidad

1. s. f. Calidad de una cosa de gusto áspero y picante.
2. Actitud irónica o sarcástica, adoptada para ofender a una persona o para hablar mal de una cosa no sé a qué viene esa mordacidad ahora, creía que ya habíamos superado los problemas.
3. Carácter de mordaz o irónico.

mordacidad

 
f. Calidad de mordaz.
Sinónimos

mordacidad

sustantivo femenino
dicacidad, causticidad. suavidad, alabanza.
Dicacidad es la mordacidad ingeniosa.
Traducciones

mordacidad

mordacità

mordacidad

SFsharpness, bite
no posee ni la gracia ni la mordacidad de Wilderhe has neither the humour nor the acid wit of Wilder
con mordacidadsharply
Ejemplos ?
Las letras de sus canciones siempre tienen el pesimismo, el existencialismo, el nihilismo y la mordacidad como telón de fondo, de modo que las metáforas kafkianas salpican a diestro y siniestro toda composición subversiva.
Fue interpretado por Jack Conley Sahjhan afirma haber inventado el horario de verano, aunque tiene una tendencia a la ironía y mordacidad.
Mientras tanto, la primera reacción de los miembros de la Sociedad Patriótica se reducía a la risa y la curiosidad por esa "nueva alianza de charreteras y chiripás que ejercitaba la mordacidad de la servidumbre".
Entre las tradiciones de este joven núcleo de población estaba el de los mochileros, mozos de cortijos que cantan para pedir el aguinaldo "verdades como puños", aunque disfrazadas de socarrona mordacidad.
Su carácter lo hizo poco agradable. Mesonero Romanos, su amigo, habla de "su innata mordacidad, que tan pocas simpatías le acarreaba".
Una obra se llamará Libertad, infinito, deseo, asunto de título solamente que desmiente la mordacidad de elementos insólitos, en un ambiente alucinatorio: implacable es su lógica de incomunicación premeditada y de censura persecutoria.
Y en segundo lugar, concluyo: que no existe un público único, invariable, juez imparcial, como se pretende; que cada clase de la sociedad tiene su público particular, de cuyos rasgos y caracteres diversos y aun heterogéneos se compone la fisonomía monstruosa del que llamamos público; que éste es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que le componen; que es intolerante al mismo tiempo que sufrido, y rutinero al mismo tiempo que novelero, aunque parezcan dos paradojas; que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar de impresiones pasajeras; que ama con idolatría sin porqué, y aborrece de muerte sin causa; que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad...
Se conoce que el autor ha tenido á mano muchos cronistas que sobre las cosas de Amé- rica escribieron, y que, con tino y habilidad, ha sabido huir del escollo de dar entrada en el santuario de la Historia á muchas de las fantasías de Garcilaso, á las exageraciones de Pedro Sancho el conquistador, á las apasionadas noticias de Francisco Jerez, á la chispeante mordacidad del Palentino, y á las candorosas narraciones de Montesinos, que, más que para historiador, había nacido para escribir cuentos de las Mil y una noches.
Tanta crueldad en su trato parecía distanciarse de lo que los jóvenes decían de ella, pues bien que se guardaba de no revelar mordacidad cuando se encontraba con ellos en las fiestas, sobre todo cuando sabía que eran hijos de ricos, y aparentaba una gran tibieza de carácter.
Créese vulgarmente que sólo un principio de envidia, y la impotencia de crear, o un germen de mal humor y de misantropía, hijo de circunstancias personales o de un defecto de organización, pueden prestar a un escritor aquella acrimonia y picante mordacidad que suelen ser el distintivo de los escritos satíricos.
Esa acrimonia misma, esa mordacidad jocosa que suele hacer tan a menudo el contento de los demás, es en él la fría impasibilidad del espejo que reproduce las figuras no sólo sin gozar, sino a veces empañándose.
A esa tarea dedicó Voltaire buena parte de sus escritos, uti­lizando el sarcasmo para denunciar los disparates originados por la superstición, sirviéndose de la mordacidad para combatir los prejuicios del dogmatismo y la cruel violencia de los fanáti­cos.