montero

(redireccionado de monteros)

montero, a

1. s. CAZA Persona que busca y persigue la caza en el monte o la conduce hacia el lugar donde están los cazadores. venador
2. montero de lebrel CAZA Persona encargada de los lebreles que han de servir en los puntos de espera.
3. montero de traílla CAZA Persona que se encargaba de los sabuesos de traílla.
4. montero mayor HISTORIA Oficial de palacio que tenía a su cargo las cacerías reales.

montero, -ra

 
m. f. Persona que busca, persigue y ojea la caza en el monte.
montero de cámara o de Espinosa Criado de la casa real de Castilla que velaba el sueño de las personas reales.
montero mayor Jefe de palacio que mandaba a los monteros del rey.
Traducciones

montero

capocaccia

montero

Montero

montero

Montero

montero

Montero

montero

/a SM/F (= cazador) → hunter; (= ojeador) → beater
V tb montera
Ejemplos ?
EL CONDE: Tu casa será desde hoy y tu familia famosa. Desde hoy serán mis monteros, y de lealtad por gala, dormirán en mi antesala sus bizarros caballeros.
Don Fruela le había sorprendido, le castigaba y le afrentaba furioso. La jauría de sus podencos y lebreles y sus monteros se acercaban ya.
¿Acaso fuera más dichoso si juntara en su vientre los peces de remotas riberas y las peregrinas cazas, y si despertara la detención del estómago, ganoso de vomitar con las ostras de entrambos mares, superior e inferior? ¿Si con mucha cantidad de manzanas rodear las fieras de la primera forma, cogidas con muerte de muchos monteros?
Y por cierto compadezco al andaluz joven que, al entrar un día de verano por la puerta de los Monteros y al mirar las filigranas arabescas del palacio, al pasar por los salones del jardín, y de allí a las caballerizas reales, por fin al guarecerse de los rayos del sol, ardiente pero vivificante, en el laberinto de calles moriscas que están detrás del Alcázar, puede oír con indiferencia aquellas sabrosas narraciones que el lenguaje del hombre no puede trasladar de las creaciones de la fantasía, aquellas pláticas dulces que mecieron mi niñez y que jamás borrará de mi memoria el tiempo.
Despide los falconeros, monteros manda pagare, despide todos aquellos con quien solía deleitarse; no burla con la condesa como solía burlare; mas muy triste y pensativo siempre le veían andare.
- A propósito de aventuras extraordinarias-exclamó al verle uno de los monteros de don Dionís, dirigiéndose a su señor, ahí tenéis a Esteban, el zagal que de un tiempo a esta parte anda más tonto que lo que naturalmente lo hizo Dios, que no es poco, y el cual puede haceros pasar un rato divertido refiriendo la causa de sus continuos sustos.
Sus largas noches de insomnio le sabía entretener con orientales historias más sabrosas que la miel. Los monteros le escuchaban embebidos a su vez, y el más suspicaz no supo desconfiar ni temer.
José Ramón Rodil, hallábase condecorado con las cruces de Somorso, Espinosa de los Monteros, San Payo, Tumames, Medina del Campo, Tarifa, Pamplona y Cancharayada, cruces que atestiguaban las batallas en que había tenido la suerte de encontrarse entre los vencedores.
Al decir esto, el mozo, instintivamente, y al parecer buscando un punto de comparación, dirigió la vista hacia el pide de Constanza que asomaba por debajo del brial, calzado de un precioso chapín de tafilete amarillo, pero como al par de Esteban bajasen también los ojos de don Dionís y algunos de los monteros que le rodeaban, la hermosa niña se apresuró a esconderlo, exclamando con el tono más natural del mundo; ¡Oh no!; por desgracia, no los tengo yo tan pequeños pues de este tamaño sólo se encuentran en las hadas cuya historia nos refieren los trovadores.
Y llegando a un monte muy espeso de árboles, comenzaron los cazadores a llamar los perros, que eran monteros de linaje, para que sacasen de allí los animales que había, y como los perros eran enseñados de aquella arte, repartiéronse luego cercando todas las salidas de aquel monte.
¿Qué es eso, Esteban, qué te sucede?, le preguntó uno de los monteros, notando la creciente inquietud del pobre mozo, que ya fijaba sus espantadas pupilas en la hija de don Dionís, ya las volvía a su alrededor con una expresión asombrada y estúpida.
Cual en los campos africanos un león a quien los monteros han abierto ancha herida en el pecho, se apresta a vengarse, pasada la primera sorpresa, sacude arrogante la larga melena en la cerviz, rompe impávido el hincado venablo del artero cazador y ruge con sangrientas fauces; no de otra suerte se desliza el furor en el abrasado pecho de Turno, que fuera de sí, dirige al Rey estas palabras: "Pronto está Turno a la lid; no hay para qué retracten sus palabras los cobardes Troyanos, ni rehúsen cumplir lo pactado.