mon

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mon

 
m. ling. Lengua mon-khmer hablada en Myanmar y Thailandia.

Mon

 
Estado del sur de Myanmar, junto a la costa del mar de Andamán; 11 831 km2 y 1 682 041 h. Cap., Moulmein. Agricultura.
Ejemplos ?
¿Fué suicidio? ¿Fué crimen cometido por persona interesada en que muriese el propietario de Mon- talván? ¡Misterio y siempre misterio!
Su acento francés aunado a su fúnebre porte le daban el aspecto de los antiguos condes versallescos... Su mirada era triste. —¡Cuánto agrado me causa su visita mon cheri' —exclamó la dama rica. —Vengo de prisa, madame.
Sigue su camino, dichoso y admirado de existir, grato a las cosas que lo contemplan, al perfume de los azahares del mon­te que lo exaltan, seguro de poder sonreír a so­las, si quiere, pues nadie como él ha redimido y asegurado su vida por medio de un grande y eterno amor.
Quedó el general Racedo en ver al comandante José García, feje del 9º de línea, pero no pudo hacerlo. Don Natalio Roldán y yo hicimos ver al capitán Mon, 2º jefe del 9º, con su propio señor padre, para que entrara a la revolución.
Si un sábado a la mañana la oyera usted a una mujer decirle a su «marlu»: «Mon chérí, hice cincuenta latas más que la semana pasada», usted se haría cafishio, ¿sabe?
No les trae el malo ni el buen vino. Cruzan por la vida como entes monjiles, misteriosos, cautos, llenos de un silencio de oro. Y es que en otros tiempos el oficio de relojero era un trabajo lleno de condiciones misteriosas, y casi sagradas.
Podían los interesados consignar juros para la satisfacción de lanzas, y quedaban así relevados de este cargo cuando los productos llenaban el objeto. Así lo hicieron el conde de Mon- temar, eJ marqués de Lara, el conde del Portillo y otros.
—Entonces, "mon ami", tienes que vencer, por amor a tu Eugenia, ese ligero defecto que acabas de confesar, esa debilidad más moral que física, que no calza con la nobleza de tu espíritu, que es incompatible con la sinceridad de tu carácter, y que si alcanzara mayor incremento, tarde o temprano podría causarte un serio disgusto.
Uií mes más tarde, en Enero de 1825, caía una noche Mon- leagudo bajo el poiñal de un asesino; y María Abascal, atro- pellando á la guardia, penetraba como loca en la iglesia de San Juan de Dios, y regaba con sus lágrimas el cadáver de su primer amante, que quizá fué el único hombre que alcanzó á inspirarla verdadera pasión.
Eran una complicada joya, afiligranada y cuajada de piedras preciosas, que, aún bajo la escasa luz de la estancia, noté que debía ser de mucho valor. —"¡Eh, bien, mon ami!" —continuó diciendo, con cierto apresuramiento que no dejó de sorprenderme—.
Se detuvo, y, a pesar de las penumbras, creí que sus mejillas subían de color. Luego añadió: —¿No recuerdas, "mon cher ami", estos pequeños anteojos auxiliares que ahora cuelgan de mi cuello?
Monteagudo llegó á media noche á casa de su María, de la que, acompañado de dos leales amigos, salió á las cinco de la mañana para embarcarse en el Callao. I 11 añc después, en Diciembre de 1824 volvió á Lima Mon- teagudo.