Ejemplos ?
Noviembre de 1918 (Granada) La miel es la palabra de Cristo. El oro derretido de su amor. El más allá del néctar. La momia de la luz del paraíso.
Después, acreditando con el gesto la miel de aquella voz con que lo alela, dijo llorando al fin: «Señor, ¿es esto el premio que merece el que ama y cela?
Ella es firme y suave, Llena de cielo y mansa. Ella es niebla y es rosa De 1a eterna mañana. Miel de luna que fluye De estrellas enterradas.
-Pos mi bato era belonero, y mu hombre de bien, mejorando lo presente, y natural de Benamocarra, y se llamaba Juan Caéna, pero era más conocío por el Panales, poique era hombre to miel, y a mi madre le dicían la señá Catite.
El elfo no lograba comprender cómo podían estarse tan quietas, y se fue volando en busca de las abejas, que recogían miel, y les contó la historia del malvado hermano, y las abejas lo dijeron a su reina, la cual dio orden de que, a la mañana siguiente, dieran muerte al asesino.
Se acercó con cautela y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras, del tamaño de un huevo. —Esto es miel —se dijo el contador público con íntima gula—.
Como cuando en las abovedadas colmenas las abejas alimentan a los zánganos, siempre ocupados en miserables tareas –aquéllas durante todo el día hasta la puesta del sol diariamente se afanan y hacen blancos panales de miel, mientras ellos aguardando dentro, en los recubiertos panales, recogen en su vientre el esfuerzo ajeno-, así también desgracia para los hombres mortales hizo Zeus altitonante a las mujeres, siempre ocupadas en perniciosas tareas.
Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta.
La joven llegó hasta la taquilla e hizo la compra. Las damas súper adornadas la esperaban sonrientes, cual derramando miel de gratitud.
Al que honran las hijas del poderoso Zeus y le miran al nacer, de los reyes vástagos de Zeus, a éste derraman sobre su lengua una dulce gota de miel y de su boca fluyen dulces palabras.
Deben de ser bolsitas de cera, llenas de miel... Pero entre él —Benincasa— y las bolsitas estaban las abejas. Después de un momento de descanso, pensó en el fuego; levantaría una buena humareda.
De las doce bolas, siete contenían polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente.