Ejemplos ?
MUZA: ¿Y quién de él si te reclama nos salva? CONDESA: ¡Maldito sea! Callaron ambos un punto, y a poco rato en voz trémula, dijo el moro, como quien prenda involuntaria suelta: MUZA: Si al cabo… CONDESA: ¿Qué?
Apártase unos pasos, no bien termina; brama de ira y, entre acecidos y temblores, le dispara estas palabras: ¡Maldito sea el día en que te engendré!
De pronto, miss Dartle se arrodilló a su lado y empezó a aflojarle la ropa. -¡Maldito sea! -dijo, mirándome con una expresión mezclada de rabia y de dolor-.
¡Maldita sea la hora en que vino usted por primera vez aquí! ¡Maldito sea! ¡Váyase! Después de salir volví a entrar para llamar y avisar a los criados.
24 Y despertó Noé de su vino, y supo lo que había hecho con él su hijo el más joven; 25 Y dijo: Maldito sea Canaán; Siervo de siervos será á sus hermanos.
28 Entonces habló uno del pueblo, diciendo: Tu padre ha conjurado expresamente al pueblo, diciendo: Maldito sea el hombre que comiere hoy manjar.
87. Jesús ha dicho: Maldito sea el cuerpo que depende de otro cuerpo, y maldita sea el alma que depende de estar juntos aquellos.
¡Tontería preguntarlo, después de haberla visto actuar en enero y febrero de 1826 y saber por el propio Núñez que la mayoría de los diputados al conocer la fórmula de Rivadavia, la consideró “idea felix, y propia para la salvación universal”… Se han perdido – probablemente ocurrió el hecho en los días iniciales de la República y “maldito sea el que mal piense” – las actas de las sesiones secretas de la “H.
Algunos franceses demostraron querer contestarle; pero él, levantándose, e imponiendo a todos silencio con su actitud, empuñó convulsivamente un vaso, y exclamó con voz atronadora: - ¡Brindo, señores, porque maldito sea mi abuelo, que era un animal, y porque se halle ahora mismo en los profundos infiernos!
Martín ¡Pues no!, amigo: desde luego prosiga, y déle por ahi: y arme un cigarro, velay, también voy a darle fuego. Lucero No... deje estar... ¡Voto a bríos! ¡Maldito sea el rosín! ¡Por Cristo! amigo Martín, he perdido los avios. ¡Ah, bruto!
-¿Qué tienes, Ramiro? -le preguntó. Pero él sólo repetía: -¡Maldito sea el estado militar! ¡Maldita esta dorada esclavitud! ¡Maldito el coronel, tirano absosuto!
-Maldito sea el diácono Peabody -dijo el extraño individuo-; ya me he prometido que así será, si no se fija un poco más en sus propios pecados y menos en los del vecino.