mísero

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mísero, a

(Del lat. miser.)
1. adj. Que es muy pobre o pequeño no puede vivir con el sueldo mísero que cobra; vive en una mísera habitación alquilada. miserable rico, abundante
2. Se aplica a la persona que es desgraciada o desdichada ¡mísero de mí, lo he perdido todo! desventurado feliz
3. adj./ s. Se refiere a la persona que es tacaña o avara el muy mísero le dio sólo un trozo de pan duro. mezquino

mísero, -ra

 
adj.-s. Miserable (pobre, abatido, avariento).

mísero, -ra

('miseɾo, -ɾa)
abreviación
1. que es infortunado, infeliz ¡Mísero de ti, con tus desgracias!
2. que tiene muy poco valor salario mísero
3. que es amarrete El mísero cliente no dejó propina.
Traducciones

mísero

miserable

mísero

misero

mísero

Elend

mísero

miserável

mísero

بائسة

mísero

可怜

mísero

可憐

mísero

אומלל

mísero

ADJ
1. (= tacaño) → mean, stingy; (= avaro) → miserly
2. [sueldo] → miserable, paltry
3. (= vil) → vile, despicable
4. [lugar, habitación] → squalid, wretched
5. (= desdichado) → wretched
Ejemplos ?
Y como éstos salarios estimulaban la avaricia de muchos, frecuentemente después de un cambio, había que sujetarse a nuevas más desagradables innovaciones y a pagar otros salarios, quedando los míseros indios como piezas de ajedrez, movibles a discreción de los comisarios.
¡y eterno!... ¡Pesen mis maldiciones, blandas y leves, sobre vosotros, míseros duendes! XVI Hacia el cerro que distingue lo sombrío de su tizne -padrón negro de hechos tristes- vagorosas ondas finge, parda nube, con matices colorados, como el tinte que a la luna da el eclipse; y en la espira que describe, rastros deja carmesíes...
–¿Y consentirá que mueran para lo que, si no fuera la muerte de la legalidad, sería el suicidio de su honra?–¡Espanto si lo consiente!–¡Míseros los que se atrevan a verter la sangre de los que piden las mismas libertades que pidieron ellos!
¡Oh, pobres trovadores de tirso y pandereta!: Del cortesano mundo entre la turba espesa, cantad al sol de agosto que sin piedad os tuesta; llorad, míseros vates, fatídicas cornejas, sobre las tristes sábanas de calcinada arena donde la hispana corte su pedestal asienta; cantad al mar bullente que surcan en calesa, tras chulos argonautas, impúdicas sirenas; cantad al hambre, al frío, al lujo, a la opulencia, al vicio y a la intriga...
No somos los cubanos ese pueblo de vagabundos míseros o pigmeos inmorales que a The Manufacturer le place describir; ni el país de inútiles verbosos, incapaces de acción, enemigos del trabajo recio, que, justo con los demás pueblos de la América española, suelen pintar viajeros soberbios y escritores.
Con estas flores y otras, en pocos días adquieren estos tiranos todo el dinero de la conversación, y se quedan con muchas prendas, y cuando ven los míseros tahúres sus esclavos afligidos y sin crédito, cierran la puerta y dicen: «No quiero más pesadumbres ni ocasiones de blasfemia ni juramentos en mi casa».
¿Por qué os entregamos al rey Peleo, a un mortal, estando vosotros exentos de la vejez y de la muerte? ¿Acaso para que, tuvieseis penas entre los míseros mortales?
Hoy el diablo no se mete, para bueno ni para malo, con los míseros mortales; ya el diablo pasó de moda, y ni en el púlpito lo zarandean los frailes; ya el diablo se murió, y lo enterramos.
El anciano Príamo fue el primero que con sus propios ojos le vio venir por la llanura, tan resplandeciente como el astro que en el otoño se distingue por sus vivos rayos entre muchas estrellas durante la noche obscura y recibe el nombre de perro de Orión, el cual, con ser brillantísimo constituye una señal funesta, porque trae excesivo calor a los míseros mortales; de igual manera centelleaba el bronce sobre el pecho del héroe, mientras éste corría.
Y de la misma manera los hombres sagrados, que dicen que es la voluntad de Dios que seais siempre pobres y míseros y sedientos, ¡mirad!
Heme aquí que pensaba con este pobre y triste remedio remediar y pasar mi lacería, y estaba ya cuanto que alegre y de buena ventura; mas no quiso mi desdicha, despertando a este lacerado de mi amo y poniéndole más diligencia de la que él de suyo se tenía (pues los míseros por la mayor parte nunca de aquella carecen)...
Y la voz de Rosalía, estertórica, no parecía brotar de aquel pecho destrozado; parecía flotar en torno de ella como si fuese su alma retenida al cuerpo por una fibra sutilísima, pero ya desintegrada de aquellos míseros despojos, del que empezaba a emanar ese hálito inconfundible de la muerte con que el cuerpo da el último adiós a la vida.