Ejemplos ?
¡Qué viajecito! El viento extendía el manto en todas direcciones, a modo de una gran vela de barco a cuyo través brillaba la luz de la luna.
Han encargado a los fuegos fatuos que organicen una procesión de antorchas, como dicen ellos, y todo el oro y la plata que hay en el cerro -y no es poco- lo pulen y exponen a la luz de la luna.
La noche avanzaba, y los cuatro perros de edad, agrupados a la luz de la luna, el hocico extendido e hinchado de lamentos —bien alimentados y acariciados por el dueño que iban a perder—, continuaban llorando a lo alto su doméstica miseria.
Y cuando aquella madrugada, ya terminada la partida, se encontró el Muñequero con Paco Cárdenas a solas con éste en la calle, a la sazón solitaria, sin más testigos que la luz de la luna y un sereno que dormitaba en el zaguán de uno de los edificios, preguntó el primero al segundo: -¿Me quisieras tú decir, que estoy rabiando toa la noche por saberlo, qué fue lo que tú platicaste con el Maroto cuando le sacaste de la sala?
Y yo, bardo de raza, de los viejos troveros que a la luz de la luna, cantaban su canción, y que por su Señora, cruzaban los aceros, y en la caza, servíanles de fieles halconeros recibiendo por pago, de ellas el corazón; Os doy el alma entera, ¡Mi Reina, mi Señora!
Se movían morbosa y espasmódicamente, agitando sus desnudas ramas, en convulsivas y epilépticas sacudidas, hacia las nubes bañadas por la luz de la luna; arañando con impotencia el aire inmóvil, como empujados por una misteriosa fuerza subterránea que ascendiera desde debajo de las negras raíces.
Estaba rodeado de ramas de árboles sobre las que se movían lentejuelas fosforescentes. Eran las pupilas de los pájaros que reflejaban en su fondo la luz de la luna, invisibles desde el lugar donde yo vigilaba.
Había al pie del monte un lago solitario, a cuyo alrededor algunas doncellas con túnicas blancas como la nieve cantaban maravillosamente, a la vez que parecían entretenidas en extender sobre el prado extrañas telas de araña a la luz de la luna.
La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos de sí una barca que se dirigía a todo remo a la orilla opuesta.
Y ensayaba filtros y conjuros, encantaciones y evocaciones, convocando a las hechiceras de Tesalia, que se reúnen a la luz de la luna, a las pitonisas de Israel, practicando ritos sombríos, adoraciones de la serpiente y crueles ceremonias de propiciación del mal.
Las doncellas elfas bailaban ya en el cerro, cubiertas de velos, y lo hacían con tejidos de niebla y luz de la luna, de un gran efecto para los aficionados a estas cosas.
-¡Ya vienen, ya vienen! -gritaron los dos. -¡Denme la corona y dejen que me ponga a la luz de la luna! -ordenó el Rey. Las hijas, levantándose los velos, se inclinaron hasta el suelo.