lumbres

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De las volcadas urnas de tus ríos huye el caudal sonoro por los bosques umbríos de naranjos en flor con frutos de oro; de tus jardines sube incesante el aroma de tus flores, como de incienso la sagrada nube del fuego del altar de los amores; bajan de tus montañas, conversando entre sí con rumor leve, el arroyo perdido entre las cañas y el viento que las mueve; posan en tus riberas, olvidadas del vuelo, las raudas golondrinas pasajeras; copian tus lagos el azul del cielo; te dora el sol con lumbres de topacio, y a cada flor que brota de tu suelo se abre una estrella en tu anchuroso espacio.
125 Venimos al çerco de nuestros presentes, donde fallamos muy pocos de tales: oy la doctrina mayor es de males que non de virtudes açerca las gentes; mas entre otros allí prefulgentes vimos a uno lleno de prudençia, del qual preguntada la mi Providençia, respuso dictando los versos siguientes: 126 «Aquel que tú vees estar contemplando el movimiento de tantas estrellas, la obra, la fuerça, la orden de aquéllas, que mide los cursos de cómo e de quándo, e ovo notiçia philosofando del movedor e de los comovidos, de lumbres e rayos e son de tronidos, e supo las causas del mundo velando, 127 »aquel claro padre, aquel dulçe fuente, aquél que en el Cástalo monte resuena, es don Enrique, señor de Villena, honrra de España e del siglo presente».
La nave deja los climas donde soplan vientos leves, y ve de lejos las cimas de las congeladas nieves. Nuestra juventud declina, cual sol de marchitas lumbres, cuando la edad se avecina hacia las áridas cumbres.
Vedla sobre las cumbres de Oriente alzarse espléndida y serena, ceñida de albas lumbres, en sus manos la mística azucena, coronada la frente de astros de oro, la luna al pie, y el coro de los almos querubes con las abiertas alas llevándola en el trono de las nubes.
Nublábanse los cielos, y del destino al desgarrar los velos el hombre audaz con temblorosa mano, del sol sangriento en las marchitas lumbres de un Dios lela el pavoroso arcano.
sparze en estas flores pura nieve y rocío blanca y serena luz de nueva Aurora, y con varios colores se vista el bosque frío de los esmaltes de la rica Flora; pues la ecelsa Eliodora ya muestra su belleza, a do con alta frente da Betis su corriente, llevando al mar tendida su grandeza; y vos, lumbres del cielo, mirad felices nuestro Esperio suelo.
A este propósito dice un cronista: «Encargado» Puelles del gobierno, se vieron en el cielo algunas lumbres » extraordinarias y dos leones que peleaban, uno en la parte »del oriente y otro en la parte del poniente, y el sol se obscure»ció, con otros fenómenos que fueron tenidos por los habitantes de Quito como augurios de grandes sucesos y de terribles 5» desastres.» Al arribo de La Gasea, empezó á palidecer la buena estrella de Gonzalo; y Puelles, á la vez que enviaba un emisario cerca del licenciado, ofreciéndole alzar bandera por el rey si se le acordaban ciertas gracias, se preparó á marchar con tropas sobre Guayaquil, que se había pronunciado contra la revolución.
Hubo muchos penitentes azotándose y con cruces, y en el convento de Santo Domingo, según afirmaron los religiosos de él, se mostraron encima de una cruz del cementerio tres lumbres, y de allí se mudaron sobre la capilla mayor y de allí aparecieron sobre un arco de la iglesia nueva y se ocultaron.
Pero no fuera bastante su diligencia para ofender y defenderse, si no le ayudara la buena suerte con hacer que los vecinos de la calle sacasen lumbres a las ventanas y a grandes voces llamasen a la justicia: lo cual visto por los contrarios, dejaron la calle, y, a espaldas vueltas, se ausentaron.
«Mirad: la primavera -dijo Platón- con sus templadas lumbres ya de la azul esfera bajó de Grecia a las desiertas cumbres; ya de las urnas de los sacros ríos brotó el caudal sonoro, y en los valles umbríos, cabe las fuentes, las risueñas ninfas danzan en raudo coro, sus pies mojando en las fugaces linfas.
Salió el sol y duró hasta las diez, que se obscureció tan tristemente, que a la una del día era noche tan cerrada que fue necesario andar con lumbres por las calles.
Tanto, que una mañana se le vio enderezar el espinazo asaz encorvado; despedir lumbres por los microscópicos ojitos; ajustarse marcialmente el raglán; echar calle arriba, camino de la iglesia donde oía misa todos los días del año; y, una vez allí, hincarse de rodillas ante el altar de los Dolores, abrir los brazos y, con un impulso de verdadera fe -tal vez el único momento estético y sublime de su larga existencia-, rezar en alta voz una Salve.