Ejemplos ?
Tengo una chica remate de lo bueno, flor de la gracia y espumita de la sal, con unos ojos más pícaros y trapisondistas que un par de escribanos: ...Chica que se parece al lucero del alba cuando amanece.
Una linda muchacha de veinte pascuas muy floridas, con una boquita como un azucarillo, y unos ojos como el lucero del alba, y una sonrisita de Gloria in excelsis Deo, y una cintura cenceña, y un piececito como el de la emperatriz de la Gran China, y un todo más revolucionario que el Congreso, se atravesó en el camino del doctor Angulo, y desde ese instante anduvo con la cabeza a pájaros y hecho un memo.
-¡Ay Gildo!, yo sé arar, sé partir leña, sé rozar, sé armar un seto y correr tras el ganado; pego una bofetada al lucero del alba; pero no sé pelear contra mi padre.
Este maldito cartel le persigue a uno en París como el espadón de Damocles. Te digo que con esta prohibición y con el frac del baile de la Gran Ópera tiene bastante para aburrirse el lucero del alba.
No se tenía por más ni menos pecador que otros cien banqueros y prestamistas. Engañar, había engañado al lucero del alba. Como que sin engaño, según Zaldúa, no habría comercio, no habría cambio.
A las pocas horas, los amantes huían en un veloz caballo. El gigante, al levantarse todos los días, llamaba a la chica: -Lucero del alba, péinate los cabellos de oro.
-Yo -decía Mauro Pareja, pez de muchas libras- comprendo que en casos así se ciegue el más pacífico, se le suba el humo a las narices y la emprenda a linternazos hasta con su propia sombra. Eso de que le llamen a uno matutero... Señores, aunque yo lo fuese, no le tolero que me lo llame ni al lucero del alba. Pero...
Déjese usarced de ensalivarme la oreja, que alguacil soy y tengo hipos de gobierno, y a fuer de tal, le echo la zarpa encima al mismísimo lucero del alba, y lo aposento en la casa de poco trigo y muchas pulgas.
Mañanas súbitas, inesperadas, alevosas, ni profetizadas por el lucero del alba, ni coronadas por el rocío, ni arreboladas por nubecillas crepusculares, y que, de consiguiente, no hacen madrugar a las flores ni a las niñas de trece años, ni obtienen saludos de las codornices enjauladas en los balcones, ni son desperezadas por el viento perfumado de las selvas.
Hoy se habría muerto de hambre y de pena si yo no le hubiera dado el dinero para salir de su apuro.-Ese otro jaquetón, tan planchado y que parece un señor, es un trapisondista capaz de pegársela al lucero del alba.-Repara bien en esa mujer que nos ha saludado con voz melosa y sin levantar los ojos del suelo; pues es una bribonaza, chismosa, enredadora y capaz de beberse a toda su casta: apostaría una oreja a que lleva la botella del aguardiente debajo del delantal.-¡Éste sí que es todo un hombre de bien y hacendoso!
Pero he aquí que cierta injusticia cometida por nuestro Jefe en daño de Ramón; uno de esos abusos de autoridad que disgustan de la más honrosa carrera; una arbitrariedad, en fin, hizo desear al Teniente de cazadores abandonar las filas de sus hermanos, al amigo dejar al amigo, al liberal pasarse a la facción, al subordinado matar a su Teniente Coronel.... ¡Buenos humos tenía Ramón para aguantar insultos e injusticias ni al lucero del alba!
El se muere por plantarle una fresca al lucero del alba, como suele decir, y cuando tiene un resentimiento, se le espeta a uno cara a cara.