limeño

(redireccionado de limeñas)

limeño, a

1. adj. De Lima, capital y departamento de Perú.
2. s. Persona natural de esta ciudad o departamento.
Traducciones

limeño

liménien

limeño

/a
A. ADJof/from Lima
B. SM/Fnative/inhabitant of Lima
los limeñosthe people of Lima
Ejemplos ?
De las limeñas dice el padre Cappa:— «Las leyes eran pocas »y suaves; pero se notaba en las señoras marcada tendencia T»á contradecirlas aun con descaro, en lo que hubo excesiva •tolerancia de las autoridades, contribuyendo á formar un ca- »rácter sin más norma que el capricho.
Desde entonces fue estribillo entre las limeñas (estribillo que muchos de mis lectores habrán oído en boca de las viejas) el decir, para calificar de necia o de tonta a una mujer: «¿Quién lo dice?
Teresa Méndez era en 1826 una preciosa joven de veintiún años, de ojos grandes, negros, decidores, labios de fuego, brevísima cintura, hechicero donaire, todas las gracias, en fin, y perfecciones que han hecho proverbial la belleza de las limeñas.
Desde sus primeros tiempos se singularizaron los aguadores por la des­ vergüenza de su vocabulario, tanto que era como refrán para las buenas madres limeñas el reprender a sus hijos diciendo: Callen, niños, que por las «lisuras» que dicen me parecen aguadores.
Nadie disputa a Lima la primacía o, me­ jor dicho, la exclusiva, en moda, qüe no cundió en el resto de América y que dio campo a las criollas mexicanas para que bautizasen a las limeñas con el apodo de las enfundadas.
La comitiva penetraba en el atrio de la catedral por la rampa o ranfla, como decían las limeñas, vecina al Sagrario, y que probablemente se dispuso así con este objeto.
Además, en la comitiva del virrey, y con empleo en el Perú, vinieron cuarenta y ‘tantos presupuestívoros con sus mujeres, hermanas, hijas y domésticas. Las recientemente llegadas, por novelería unas y por congraciarse con las limeñas legítimas otras, todas dieron en enfundarse.
la de Plateros: nombres de antiguas calles limeñas. — ¿Y qué hay con eso? Trabajar es mejor que vivir del petardo, y en cuanto a lo de encanallarse, pienso que si no existe tradición profana ni sagrada que nos refiera que el diablo fue alguna vez zapatero, sastre o con­ cejal, hayla, y muy auténtica, de que fue cigarrero en Huacho 2; lo que prueba, con lógica agustina, que el oficio es aristocrático, cuando el rey de los infiernos nada menos no tuvo pepita para ejercerlo.
Y me dejo en el tintero hablar, entro otras limeñas que tuvieron relaciones íntimas con las traviesas ninfas que en el Parnaso moran, de doña Violante de Cisneros; de doña Rosalía Astudillo y Herrera; de Sor Rosa Corbalán, monja de la Concepción; de doña Josefa Bravo de Lagunas, abadesa de Santa Clara; de la capuchina Sor María Juana; de la monja catalina Sor Juana de Herrera y Mendoza; de doña Manuela Orrantía, y de doña María Juana Calderón y Vadillo, hija del marqués de Casa Calderón y esposa de don Gaspar Ceballos, caballero de Santiago y también aficionado a las letras.
Aun las mujeres eran víctimas del despótico brigadier, que hacía encerrar por algunas horas en los calabozos del cuartel a las limeñas que lucían aretes de coral o rizos en el peinado, adornos que el Robespierre del Perú, como se le llamaba, calificó de revolucionarios.
Nadie mejor informado que en los trapicheos de Bolívar con las limeñas, ni nadie como él sabe al dedillo la antigua crónica escandalosa de esta ciudad de los reyes.
De tí viene todo lo bueno, Señor; nos diste á Bolívar, gloria á ti, gran Dios; transmitieran á sus hijas, limeñas de los tiempos de mi mocedad, una frase que, según ellas, tenía mucho entripado y nada de cuodlibeto.