Ejemplos ?
Y esa misma tarde supo, por fin, lo que es retener en los brazos, deshecho al fin de sollozos, a una criatura que pugna por desasirse para ir a jugar con el chico de la cocinera.
Juan y la princesa se amaban entrañablemente, y el anciano Rey vio aún muchos días felices, en los que pudo sentar a sus nietecitos sobre sus rodillas y jugar con ellos con el cetro; pero al fin Juan llegó a ser rey de todo el país.
Muchos enamorados, para convencerse de que su amada no era una muñeca de madera, obligaban a esta a bailar y a cantar sin seguir los compases, a tricotar o a coser mientras les escuchaban en la lectura, a jugar con el perrito...
Pero los indios de México jugaban al palo tan bien como el inglés más rubio, o el canario de más espaldas; y no era sólo el defenderse con él lo que sabían, sino jugar con el palo a equilibrios, como los que hacen ahora los japoneses y los moros kabilas.
Otra vez soñó que paseaba por una carretera, leía en los guardacantones las cifras indicadoras de los kilómetros y se detenía después en una droguería, en la que un individuo colocaba pesas de kilo en una gran balanza con objeto de pesarle; luego el droguero se dirigía a él y le decía: «No está usted en París, sino en la isla de Gilolo.» En el resto de este sueño vio la flor llamada lobelia y al general López, cuya muerte había leído recientemente en los periódicas. Por último, despertó cuando comenzaba a jugar con otras personas en una partida de lotería.
El pobre muchacho era esclavo de sus deberes y a veces se veía burlado por la niña que salía a la calle para jugar con otras criaturas de su edad.
10. Jugadores que participen en el equipo profesional FLASH DE MONTERREY, podrán jugar con sus respectivos equipos en la L.F.R.S.N.
Se les enseña a las niñas a jugar con muñecas y cocinitas como entrenamiento a su futuro y obligado papel de madre y esclava del hogar.
–Acaso. –¿Entonces? –Pues esto, charlar, sutilizar, jugar con las palabras y los vocablos... ¡pasar el rato! –¡Ellos sí que lo estarán pasando!
No siéndole permitido conversar con nadie, ni jugar con ningún muchacho, se había acercado a los animales; con Baraja, conversaba de veras; le contaba sus penas y le explicaba sus proyectos, y era de ver en los ojos del perro, y en los movimientos de su cola, como todo lo entendía perfectamente.
Mas era costumbre también en la de Rojas jugar con fuego, poner en peligro los afectos que más la importaban, poner en caricatura, sin pizca de sinceridad, por alarde de paradoja sentimental, lo que admiraba, lo que quería, lo que respetaba.
La generala, tan joven que casi habría podido pasar por hija de un primer matrimonio del militar, no se asomaba nunca a la ventana a mirar al patio, pero tenía mandado que, si bien el pequeño de «la gente del sótano» podía jugar con la niña, no le estaba permitido tocarla, y el ama cumplía al pie de la letra la orden de la señora.