Ejemplos ?
La sala está en lo de delante del velador, y tiene en medio una mesa, con el pie hecho de un carretel de hilo, y lo de arriba de una concha de nácar, con una jarra mexicana en medio, de las que traen los muñecos aguadores de México: y alrededor unos papelitos doblados que son los libros.
— También, pues, devrías pedir otros hatos. —Jarra y altamías, barreñas y platos, y dos o tres gatos. Nuestr'amo, ya soy desposado.
Velasquillo dio una manotada a la nieve que le envolvía, quitose la anguarina y la sacudió reciamente, para limpiarla de los copos, y sin un suspiro tragó el vino de la jarra al estómago.
-díjole con acento iracundo Dolores la Descarada a Pepe el Betunero, al par que balanceaba el busto arrogante y tentador, con los brazos colocados en jarra, y taconeando al par nerviosa y acompasadamente con un pie sobre el limpísimo suelo de la estancia.
-gritó la mujer que antes había reñido con ella. ¿Adónde se han dío dos azumbres de aguardiente que debía haber en la jarra? -Pos al colaero tuyo y al de otras tan borrachonas como tú -replicó la interpelada, con desgarro.
Aquello duró una media hora, y durante todo ese tiempo estuvo él estremecido como un flan sobre una mesa movediza hasta que, finalmente, se levantó de un salto, pidió una jarra de kvas, y entonces nos vestimos y fuimos al bultevar Kuznetski, «donde el francés».
-¿Y se puée saber qué es lo que viene usté a buscar en esta casa? -le preguntó a su vez Rosario con los brazos en jarra y mirándole como si pretendiera convertir sus ojos en acerados látigos.
Llena estaba ya la mem de platos, cuando él llegó, con cucharas de hierro, y tenedores de tres puntas, y una jarra de estaño: y el ganso con papas, y un pudín de ciruelas.
Terminadas las horas de la venta, reluciente todo en la carnicería como una jarra de plata, sentose Clotilde un día, algunos después de aquél en que hubo de tener lugar la anterior escena, detrás del mostrador, y -Vecino, haga usté el favor de venir -díjole a Joseíto el Barbero al ver a éste cruzado de brazos en la puerta de su casa.
Y obsequiada ya de este modo la familia, el vaso, el pan y el queso comenzaron a circular por la reunión entre murmullos muy expresivos, oyéndose de vez en cuando aquí y allá, bien por la chillona voz de una mujer, bien por la ronca de un hombre, la frase consabida: «a la buena gloria del defunto». La jarra volvió a presentarse otra vez delante de la viuda.
Y la china, que no era de las que se muerden la lengua, sino muy criolla y decidora, repuso poniéndose las manos en la cintura como asas de jarra filipina: -¿Cómo te va, Mendo?
Aunque no muy tranquilo, volvió a echarse en la cama y, después de luchar algunos minutos con el sueño, se quedó profundamente dormido. A la mañana siguiente vio la jarra, la cesta y la botella vacías junto a la puerta de la casa.