greñas

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greñas

('gɾeɲas)
sustantivo femenino plural
persona que lleva el pelo largo revuelto y enredado Le compré estos aretes a un greñas que hacía artesanías.
Ejemplos ?
ay que desengañarse: no es el porvenir de Italia ni el destino de Napoleón III lo que en España absorbe la pública atención; la cuestión que hoy nos preocupa, la cuestión palpitante es más capital aún; cuestión que corre desde la plancha del sombrero a la tijera del sastre, y desde entrambas regiones hasta las altas Cámaras legislativas; cuestión de formas, de plumas y, de pelos, manoseada por el bello sexo, revuelta y agitada por nuestros epidémicos pollos y hasta declarada ya en movimiento bajo las más venerandas y encanecidas greñas de la nación; cuestión que, al ver el giro que ha tomado, si no se resuelve pronto será capaz de envolvernos en la guerra civil más desastrosa.
Cañuela y Petaca que, con las greñas sobre los ojos, caminaban a gatas a lo largo de un surco, se enderezaron consultándose con la mirada, y luego, sin cambiar una sola palabra, siguieron adelante resueltos a morir de cansancio antes que renunciar a una pieza tan magnífica.
Esta metáfora traducida a buen romance quiere decir que Leonorcica, lejos de lloriquear y tirarse de las greñas, tocó generala, revistó a sus amigos de cuartel, y de entre ellos, sin más recancamusas, escogió para amante de relumbrón al alférez del regimiento de Córdoba don Juan Francisco Pulido, mocito que andaba siempre más emperejilado que rey de baraja fina.
El tío Merlín, que así llamaban al viejo de las sucias greñas, era la notabilidad del pueblo, donde se le había dado el nombre que llevaba por la reputación de listo que le acompañaba desde sus contemporáneos, que, al emigrar de este mundo, se le recomendaron a la generación heredera como un dije inestimable, como una providencia.
Y todavía no había concluido el recién llegado de pronunciar su nombre y el mote hecho por él famoso en toda la serranía, cuando sintiose el ruido que hacía el ventero al desatrancar rápidamente la puerta, y -Pos haber empezao por ahí -exclamaba momentos después abriendo de par en par la puerta de la venta, en cuyo fondo luminoso destacábase briosamente la figura del viejo, flaco, anguloso, de tez rugosa y acaballada nariz, de mejillas sumidas y ojos enormes y brillantes; abrigada la cabeza por un pañuelo de hierbas, atado sobre la nuca, que mal aprisionaba las greñas blanquísimas que caíanle sobre la rugosísima frente...
-Bueno, ahí tiene muchas golosinas: coma, y luego, acuéstese tranquila, que mañana vendré a peinarle esas greñas, y a ponerla muy guapa, para que asista a la misa, ¿eh?, siempre que tenga mucho, mucho juicio...
¡Así que anocheciese y el barco se hiciese a la mar, el abuelo abriría la puerta de la jaula y el nieto saldría gozoso, seguro ya!... Entre tanto, el viejo de rodillas, arrastrándose, arrancándose las canas greñas, sollozaba amargamente.
En fin, a puros tajos y reveses de las rapantes uñas aguileñas, desmoñadas las greñas y el solimán raído, quedaron desmayadas sin sentido, haciendo cada cual la gata morta.
Don Hermenegildo comenzó por dejar el paraguas a la puerta para que el chorro que despedía se largase por el corredor adelante, y el sombrero encima de una silla; luego recogió los pliegues de la capa sobre los muslos y se sentó, dejando ver las flacas pantorrillas hasta cerca de las ligas por debajo de las perneras, que no pecaban de cumplidas; y después de pasarse ambas manos por las greñas para domarlas un poco, miróme de hito en hito, haciendo un horrible gesto, especie de sonrisa con la cual mostró en todos sus detalles las enormes paletas de su rancia dentadura.
Una noche encontrose doña Angustias con que la paloma había volado del nido, y aquí fue el tirarse de las greñas y dar desaforados gritos.
La gringa autera Con grandes ojos de ternera guacha, Pegada a su hombre, se acercó a la reja... La vido el gáucho; y como tigre de ágil La calzó de las greñas.
Un momento después penetró en la sala, pisando tímidamente, un aldeano de madura edad, con la chaqueta al hombro, barba de quince días, y dando vueltas en las manos a un mugriento sombrero que solamente cesaba de girar cuando el aldeano sacaba una de ellas de la arrugada copa para retirar hacia atrás las ásperas y encanecidas greñas que le caían sobre los ojos.