glicina

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glicina

(Del fr. glycine.)
1. s. f. BOTÁNICA Planta trepadora papilonácea de hojas compuestas y flores malvas dispuestas en racimos colgantes, de origen chino. glicinia
2. BIOQUÍMICA Aminoácido componente esencial de las proteínas y que desempeña una función metabólica. glicocola
3. FOTOGRAFÍA, QUÍMICA Ácido que se emplea como ingrediente de reveladores fotográficos.
NOTA: Nombre científico: (Wistaria.)

glicina

(gli'θina)
sustantivo femenino
planta trepadora de flores blancas, azules o violeta agrupadas en racimos colgantes Recuerdo de mi casa natal el perfume de las glicinas.
Traducciones

glicina

glycine

glicina

SF (Bot) → wisteria

glicina

f. glycine, amino acid.

glicina

f glycine
Ejemplos ?
omo la cabellera de una bruja tenía su copa la palmera que, con las hojas despeinadas por el viento, semejaba un bersaglieri vigilando la casa de la viuda. La viuda se llamaba la señora Glicina.
La nave llegó a la orilla en el crepúsculo pero no tenía sino un tripulante, un gallardo caballero, de brillante armadura, fiel retrato del Príncipe Lohengrin, el rutilante hijo de Parsifal. Aquella noche el caballero pernoctó en la casa de la señora Glicina.
Luego, cambiando de tono, recostaba la cabeza sobre un banco de arena, abandonando su cuerpo al vaivén de las olas entre las cuales su cola se movía mansa y tranquila como un péndulo, agregó, mirando fijamente a la viuda: – A propósito, qué ojos tan bellos tenéis, señora mía. –Os parecen bellos – repuso la señora Glicina – porque vos los necesitáis, pero a mí sólo me sirven para llorar.
El debe la vida y posee una virtud, merced a uno de mi familia. ¿Vos necesitáis algo? –Sí, dijo la señora Glicina–. Yo amé a un príncipe rutilante que vino del mar.
Las barcas, con sus velas triangulares, se recortaban sobre la línea del mar y parecían pequeñas sobre la rizada extensión. La señora Glicina iba dejando sobre la orilla húmeda las delicadas huellas de sus pies breves.
–¿Y cómo sabré yo si ha salido el Hipocampo de oro? – interrogó la señora Glicina. –Por las huellas fosforescentes que deja en la arena húmeda, cuando llega la noche...
–¿Y qué necesidades son esas, señor Hipocampo de oro? – interesose la señora Glicina. –Es el caso, señora mía –agregó éste– que tengo una conformación orgánica algo extraña.
Cuando tengáis la flor de los tres pétalos, vendréis con ella, me entregaréis vuestras pupilas, me daréis la copa de sangre y la flor del durazno, y moriréis en seguida, pero vuestro hijo habrá nacido ya. ¿Estáis resuelta? –Estoy resuelta, dijo la señora Glicina. Y marchó hacia el punto señalado.
Tal como se lo había dicho el rey, la señora Glicina llegó a la orilla del río caudaloso. Pero había llegado con las carnes desgarradas, con las uñas fuera de los dedos, y apenas podía tenerse en pie.
En la aldea de pescadores ella era la única mujer blanca entre los pobladores indígenas. Alta, maciza, flexible, ágil, en plena juventud, la señora Glicina tenía una tortuga.
Pulcro, de una pobreza solemne y brillante, era el pequeño rancho de la señora Glicina, cuyas pupilas eran negras y pulidas como dos espigas, y tan grandes que apenas podía verse un pequeño triángulo convexo entre éstas y los párpados.
Blanca era su piel como la leche oleosa de los cocos verdes; mas con ser armoniosa como una ola antes de reventar, se notaba en la señora Glicina una belleza en camino, una perfección en proceso, algo que parecía que iba a congelarse en una belleza concreta.