Ejemplos ?
-¡Qué tiempo tan maravilloso! -exclamó una-. ¡Qué frescor! ¡Y esta tela que guarda tan bien el agua! ¡Siento un cosquilleo en las patas traseras como si fuera a nadar!
No era que tomaba posesión del mundo exterior, sino era que observaba si llovía. Y al recibir en el dorso de la mano el frescor del lento orvallo frunció el sobrecejo.
breve y seco, y los ojos de Eugenia, en un rostro todo frescor de vida y sobre un cuerpo que no parecía pesar sobre el suelo, dieron como una nueva y misteriosa luz espiritual a la escena.
Allí portentos de la docta Maga, El Cíclope sin luz, y los vergeles De Alcino, y de la gruta de Calipso El umbroso frescor; allí la lucha Del mañoso Itacense con los vanos De la casta Penélope amadores, Que en balde el arco manejar querían, Por la diestra fortísima doblado Del hijo de Laertes.
Hay tanta languidez en los planetas prisioneros de su luz prestada que el frescor de una llovizna, el rumor de los eclipses puede ser la miel solar...
Sin embargo, también en la Sabana de los Muertos logró escapar, descolgándose, para correr después quebrada abajo por la peñascosa del Pajarito. Palomas acogidas a sestear al frescor de la quebrada volaron hacia el Ávila en sesgo vuelo de susto.
Constanza, la esposa del duque e hija de Durcet, era una mujer alta, delgada, digna de ser pintada, y formada como si las Gracias se hubiesen complacido en embellecerla, pero la elegancia de su talle no superaba en nada a su frescor, era rolliza, y las formas más deliciosas, que se ofrecían bajo una piel más blanca que los lirios, suscitaban la idea de que el mismo Amor se había tomado la molestia de modelarla.
¿quién puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa idea es para nosotros extraña. Ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros. ¿Cómo podría alguien comprarlos?
¿Acaso podréis hacer con la tierra lo que queráis, solo porque firmemos un pedazo de papel y se lo entreguemos al hombre blanco? Si nosotros no poseemos el frescor del aire, ni el resplandor del agua, ¿cómo vais a poder comprarlo?
Pero el pequeño abeto sólo suspiraba por crecer; no le importaban el calor del sol ni el frescor del aire, ni atendía a los niños de la aldea, que recorran el bosque en busca de fresas y frambuesas, charlando y correteando.
Se truqueaba por poca plata, y las bromas eran pesadísimas. Al llegar a Santos, fuera el frescor del aire o la proximidad de la tierra, nos remozó un nuevo brío de chistes e indiadas.
Cumple a la gratitud del peregrino no olvidar nunca la fuente que apagó su sed, la palmera que le brindó frescor y sombra, y el dulce oasis donde vio abrirse un horizonte a su esperanza.