Ejemplos ?
-Todo esto está muy bien, dijo Alcibíades; pero ¡querer que un hombre embriagado dispute en elocuencia con gente sobria y de sangre fría!
Desde el agua fría con sus chorros glaciales, hasta la electricidad, con sus picaduritas de aguja, mordicantes y finas, todo lo hubo de sufrir el cuerpo de Fernando, sometido, por el amor, a torturas que no inventa el odio.
n la pequeña villa del "Padrón", sita en territorio gallego, y allá por el año del 1808, vendía sapos y culebras y agua llovediza, a fuer de legítimo boticario, un tal GARCÍA DE PAREDES, misántropo solterón, descendiente acaso, y sin acaso, de aquel varón ilustre que mataba un toro de una puñada. Era una fría y triste noche de otoño.
Y, hablando así, la magnánima joven se encaminó hacia la puerta principal de la habitación, después de hacer una fría reverencia al endiablado Capitán.
Levanté también la vista y miré. No había nada. La pared estaba lisa, fría y totalmente blanca. Sólo arriba, cerca del techo, estaba oscurecida por falta de luz.
Pero en una u otro las muchachas renovaron el lujo detonante de sus trapos, anidáronse la cabeza de peinetones, ahorcáronse de cintas -robado con perfecta sangre fría al hidalgo alcohol de su compañero, pues lo único que el mensú realmente posee es un desprendimiento brutal de su dinero.
Y allí, en la cama, mi madre desesperada me sacudía a gritose mientras el mozo del hotel apartaba de mi cabeza los brazos de mi amado. Alejados al fondo, con las manos unidas, Luis y yo veíamoslo todo en una perspectiva nítida, pero remotamente fría y sin pasión.
Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia.
El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar.
-Lo que sa menester -dijo con expresión fría y resignada- es que uno pruebe llevar un cabo -y después, dirigiéndose a sus cornpañeros, gritó-: A ver, muchachos, un cabo.
Comprende que su amor es imposible, que el mar la acopia en su convulso seno, y se contempla en el cristal movible del monstruo azul, en que retumba el trueno. Y, al descender tras de la sierra fría, le grita el mar: «¡en tu fulgor me abraso!» ¡no desciendas tan pronto, estrella mía!
Las enseñas grecianas, las banderas del senado y romana monarquía murieron, y pasaron sus carreras. ¿Qué es nuestra vida más que un breve día, do apenas sale el sol, cuando se pierde en las tinieblas de la noche fría?