Ejemplos ?
Éste es el tipo de la monja por arrepentimiento. Hoy estuve visitando todo el convento; la simpática madre Florentina me acompañaba.
No sabe usted cuánto anhelaba esta entrevista que me congratula hacerle porque una beldad artística como lo es usted…- Ella, sin tanto preámbulo y al grano, con una voz melodiosa, a la florentina, me contestó gentil, sin olvidar su compostura: -Sé bienvenida a mi sala, representante de los simpáticos mexicanos.
Su celda está llena de adornos y arreglada con buen gusto; el balconcillo que corresponde a su vivienda está cubierto de lindas flores. Florentina entró al convento a la edad de seis años; no tiene parientes ni amigos fuera de aquí; no sabe lo que es sociedad; pero la presiente, y a veces, después de habernos hecho contar alguna historia, se queda cabizbaja y pensativa...
Y deseoso de saber quién era, detuvo un paje, a quien le preguntó lo que deseaba, y le respondió que el caballero era don Dionís de Portugal y la dama que iba a su lado, su esposa, y que se llamaba doña Magdalena, que había poco que se habían casado; que la que se había sentado enfrente se llamaba doña Florentina y que era hermana de doña Magdalena.
Despidióse con esto el paje, y don Gaspar, muy contento de que fuesen personas de tanto valor, ya determinado de amar y servir a doña Florentina, y de diligenciarla para esposa (con tal rigor hace amor sus tiros, cuando quiere herir de veras), mandó a su fiel criado y secretario, que siguiese el coche para saber la casa de las dos bellísimas hermanas.
Ya le parecía que no hallaba en sí méritos para ser admitido de doña Florentina, y con esto desmayaba su amor, de suerte que se determinaba a dejarse morir en su silencio; y ya más animado, haciendo en él la esperanza las suertes que con sus engañosos gustos promete, le parecía que apenas la pediría por esposa, cuando le fuese concedida, sabiendo quién era y cuán estimado vivía cerca de su rey.
Poco miraba Florentina en don Gaspar, aunque había bien que mirar en él, porque aunque, como he dicho, en la iglesia podía haber notado su asistencia, le debía de parecer que era deuda debida a su hermosura; que pagar el que debe, no merece agradecimiento.
Que fue que una noche, poco antes que amaneciese, venían don Gaspar y su criado de una casa de conversación, que, aunque pudiera con la ostentación de señor traer coche y criados, como mozo y enamorado, picante en alentado, gustaba más de andar así, procurando con algunos entretenimientos divertirse de sus amorosos cuidados, pasando por la calle en que vivía Florentina...
Llegó, pues, don Gaspar, y poniendo los ojos en el ya casi difunto rostro, quedó, como los que ven visiones o fantasmas, sin pestañear, ni poder con la lengua articular palabra ninguna, porque no vio menos que a su adorada y hermosa Florentina.
-No puede ser menos -respondió Florentina-; haced, señor don Gaspar, lo que os suplico, que ya no temo más daño del que tengo; demás que vuestra autoridad es bastante para que por ella me guarden a mí alguna cortesía.
En el momento, a primeros de diciembre del año al que me he referido, en que conseguí convencer a tu madre de que te sacara de Inglaterra, volví a recoger la trama rota y enredada de mi imaginación, retomé mi vida en mis manos, y no sólo acabé los tres actos que faltaban de Un marido ideal, sino que concebí y había casi completado otras dos piezas de índole totalmente distinta, la Tragedia florentina y La Sainte Courtisane, cuando de pronto, sin ser llamado, sin ser bienvenido, y en circunstancias fatídicas para mi felicidad, volviste.
En lugar de hacer cosas hermosas, coloridas, musicales como Salomé, y la Tragedia florentina, y La Sainte Courtisane, me vi obligado a mandarle a tu padre largas cartas de abogado y constreñido a apelar a aquello mismo contra lo que siempre protesté.