extasiado

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Ejemplos ?
Una vez que las musas se enfrentaron a Las Piérides su canto fue tan hipnotizador que incluso el cielo, las estrellas, el mar y los ríos se detuvieron a escucharlo. Extasiado por tal belleza, Helicón fue creciendo más y más hasta que Poseidón se dio cuenta y ordenó a Pegaso que lo detuviera golpeando con su pezuña la cima de la montaña.
Cometiéndola he apartado la nube y he logrado al fin ver el sol, que desde hace una semana anhelaba yo ver y que ahora extasiado contemplo.
Yo extasiado veía a la mujer tierna y ardiente; con su cabellera castaña que acariciaba con mis manos, su rostro color de canela y rosa, su boca cleopatrina, su cuerpo gallardo y virginal, y oía su voz queda, muy queda, que me decía frases cariñosas, tan bajo, como que solo eran para mí, temerosa quizás de que se las llevase el viento vespertino.
Las brillantes notas le parecían a Nataniel el lamento celestial de un corazón enamorado, y cuando finalmente la cadencia del largo trino resonó en la sala, le pareció que un brazo ardiente le ceñía y, extasiado, no pudo contenerse y exclamó en voz alta: ―¡Olimpia!
Y el hombre más que calvo, más que gordo y más que feo, puso la mejor de sus caras y, contemplando al animalito, lo dejo escapar. Se encontraba tan extasiado en su mirada que no escuchó el enronquecido sonsonete del timbre del departamentucho donde vivía.
-Adiós, Mangora-, añadió queriendo desacir su mano de entre las del enamorado cacique, que, arrodillado, y fijas sus pupilas, ardientes y suplicantes en la hermosa española, la contemplaba extasiado.
Hallábase usted en Lima, extasiado por supuesto, y sin pensar en otra cosa que en los goces infinitos de aquella encantada ciudad.
—¡Ah! ¡Joder! —dice entonces nuestro libertino, extasiado, desabrochándose el pantalón y masturbándose sobre ella—. ¡Ah! ¡Dios, así la quería!
En un alemán perfecto aceptó la invitación y de inmediato fue llevada ante el dueño de los ejércitos quien la miró extasiado y dijo: -Usted es mi sueño de la perfección aria.
Y HUITZILOPOCHTLI quedó extasiado ante la blancura aquella, pero más conmovido se notó, cuando vio a unos hombres que arduamente trabajaban haciendo bellísimos tapetes, escudos, penachos, con las plumas de las blancas garzas.
Su carne lozana y sus senos de virgen apenas si se movían débilmente, palpitantes. Y el miserable quedó extasiado al ver aquella fresca desnudez.
Sebastián la contemplaba extasiado, la apretaba contra su pecho y colmándola de caricias le daba esperanza y consuelo de evadirse pronto del poder de los salvajes.