Ejemplos ?
Eran preferibles algunos meses de cárcel que un día más de tortura: Nada más de recordar el tanque de agua sucia, el excusado lleno de excremento y orines, los toques eléctricos en los testículos, se estremecía.
Y cada cual con su qué sin importancia se estremecía tras un quien, sin más respuesta que el vacío con apariencias de movimiento, intenso tráfico de mecanos.
El aire se estremecía en ondas desesperadas y su oleaje de humos y ruido envolvía a los transeúntes sorprendidos que por ahí caminaban.
Estaba muy débil y reposaba en un catre en la cocina de techo bajo, pero conservaba la lucidez y seguía dando órdenes a Zenas. La estancia estaba mortalmente fría; y al ver que Ammi se estremecía, Nahum le gritó a Zenas que trajera más leña.
Mis dolores y mis pensamientos no me daban un instante de paz. La fiebre tan pronto me abrasaba como me estremecía, haciéndome chocar diente con diente.
El alboroto de sorpresas que se hizo en el cielo solar fue tan estrepitoso que el sol ordenó callar y taparse los oídos. Y aunque él mismo se estremecía ante tanta belleza, pudo resistir y gritar: -¡Insensatos!
Sostenido por tan endebles puntos de apoyo, su cuerpo rojo se estremecía bajo los chorros de una lluvia fría dirigida contra él, y él rugía con el rugido sofocado de un oso que estuviera arrancándose una espina.
Se estremecía de felicidad al pensar en las afinidades intelectuales que existían entre ellos y que aumentaban cada día; le parecía oír la voz de Olimpia en su interior que ella hablaba en sus obras.
Y he aquí que Fraulein Lotte, ante tal actitud, la imitó: empujó a los niños, se los llevaba, los retiraba, repentinamente pálida y furiosa, apremiándolos para que se pusiesen a salvo y evitasen el contacto maldito. Una indignación la estremecía, y apenas podía balbucear la orden de retirada.
Y con todo esto, sola, pobre, abandonada, retorciéndose de sufrimiento y de tortura, la mujer sentía por momentos que se estremecía de esperanza y de gozo.
En medio del terror que me quitó la vista, observé que el árbol en que yo estaba atado se estremecía ligeramente y que mis ligaduras se aflojaban.
Joseíto cuando se enfurecía era un mulo de tahona; Joseíto la creía, sin duda, capaz de aceptar, estando como estaba para casarse con él, regalos de otro hombre y regalos de aquel calibre, y al pensar esto sintió la muchacha que se le estremecía el corazón y se lo humedecían los ojos.