Ejemplos ?
Coteja se decía por dos gallos de igual peso y tamaño, y que antes de salir á la arena habían sido topados por sus dueños. Tapadu se llamaba la pelea en que cada dueño escondía su ga- llo, dejándolo ver en el instante mismo de amarrar las navajas.
Alguno estaba ahí, y por burlar haría esto.” “No, no -dijo él-,que yo no he dejado el asador de la mano; no es posible “ Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambio; mas poco me aprovechó, pues a las astucias del maldito ciego nada se le escondía.
Se ocultaba para rezar a Dios, se escondía para cumplir sus deberes de cristiana, y siempre era castigada severamente por su padre o por su marido cuando cualquiera de ellos la descubría entregada a sus devociones.
―La rubia, en vez de acostarse Se lo pasó en la ventana, Y allí aguardó la mañana Sin pensar en desnudarse. Ya la luna se escondía Y el lucero se apagaba, Y ya también comenzaba A venir clariando el día.
Siempre que entraba la Reina escondía la joven a sus hilanderas y la enseñaba lo que había hecho, llenándose la Reina de admiración.
Que el Occidente escondía, dijo, riquísimas tierras; que era el ancho mar de Atlante de la gran Tartaria senda, y que dar la vuelta al mundo para él cosa fácil era, con otras raras especies tan inauditas, tan nuevas, que al escucharle, pasmado fray Juan Pérez de Marchena (aunque a osados mareantes hablaba con gran frecuencia, por haber muchos en Palos, y aunque sabe las proezas y raros descubrimientos de las naves portuguesas), no acierta si está escuchando a un orate o a un profeta, si es un ángel o un demonio el hombre que está en su celda.
Y mirando al sol que se escondía, no se creía inferior por su destino al astro rey; pues si por él vivía la república ordenada de nuestro sistema planetario, en el orden sociológico era D.
El sol se va y vuelve..., mira...» Y con una enjuta mano y un dedo que parecía el de la terrible muerte, en rara actitud le indica a Castilleja, por donde el rojo sol se escondía.
Pero ella estaba llena de concupiscencia, de rabia, de odio. Aquel vestido de pliegues rectos escondía un corazón agitado, y aquellos labios tan púdicos no contaban su tormenta.
Siguieron a Diomedes, los Atridas Agamemnón y Menelao; los Ayaces, revestidos de impetuoso valor; Idomeneo y su servidor Meriones, igual al homicida Ares; Eurípilo, hijo ilustre de Evemón; y en noveno lugar, Teucro, que, con el flexible arco en la mano, se escondía detrás del escudo de Ayante Telamonio.
En medio, sobre un pedestal, se hallaba un amorcito de mármol, que con una mano escondía sus flechas, y con un dedo de la otra, que llevaba a sus labios, imponía silencio.
No lucía en ellas sino el primer rocío vespertino, pálido aljófar apenas visible. El alma de Sirena no se escondía en sus cálices.