Ejemplos ?
¿Esto merece que un invierno helado, de tejado en tejado me hallaba el alba al madrugar el día, con espada, broquel y bizarría, más cubierto de escarcha que soldado español que en Flandes marcha con arcabuz y frascos?
Así es que a la despedida la acompaña una patrulla, marchando sir, hacer bulla come gente dolorida. Pero la Isidora marcha sin demostrar sentimiento, con un semblante contento y más fresca que la escarcha.
IX A TALIARCO ¡Oh Taliarco!, ¿no ves cómo la cima del Soracte blanquea con la nieve, las selvas agobiadas apenas resisten el peso de la escarcha, y los ríos detienen su curso encadenados por el hielo riguroso?
Entre tanto, se ha liquidado la escarcha apretada que cubría los prados, y la hierba y las flores, como si hubiesen estado oprimidas bajo aquel peso, surgen por ensalmo.
Al amanecer empezó a soplar el viento, un viento helado; el frío calaba hasta los huesos, pero ¡qué maravilloso espectáculo en cuanto salió el sol! Todos los árboles y arbustos estaban cubiertos de escarcha; parecían un bosque de blancos corales.
Una mirada por la ventana, y la acacia del patio recordaba los tiempos de la infancia. Las flores y las hojas habían caído, pero el árbol estaba cubierto de escarcha, como una enorme rama de coral.
Vidas perdidas en fragores de egoísmo que incesantes retorcieron los caprichos del incienso y sus miradas altas, sus perfiles vacuos, sus altiveces afamadas se hundirán al grado cero de la escarcha.
l transeúnte paró frente al chiquillo, que, hecho tres dobleces contra el quicio del portalón, se dibujaba bajo un rayo de luna. La escarcha esmaltaba los adoquines; de la atmósfera, diáfana, plenamente azul descendían frialdades crueles.
Resuelto, pues, a irse con sus petates a otra parte, dirigiose a la acequia de la cárcel, rompió la escarcha, lavose cara y brazos con agua helada, pasose los dedos a guisa de peine por la enmarañada guedeja, lanzó un regüeldo que por el olor a azufre se sintió en todo Pasco y veinte leguas a la redonda, y paso entre paso, cojitabundo y maltrecho, llegó al sitio denominado Uliachi.
En un pisador castaño que con la espuma del freno, escarcha en copos de plata los azules paramentos, su destreza de jinete, con corvetas y escarceos, y su agilidad de mozo va, presumido, luciendo.
Recuerdo perfectamente el día, con la niebla que rodeaba todo y la escarcha que cubría los árboles, y siento mis cabellos húmedos pegarse a mis mejillas, y veo la perspectiva de la clase, los faroles opacos alumbrando la mañana brumosa, y el humear del aliento de los niños en el ambiente frío, mientras soplan sus dedos y golpean el suelo con los pies.
Se llamaba mistress Spiker; su marido también estaba allí, y tenía un aspecto tan glacial, que sus cabellos me parecían que no eran grises, sino que estaban cubiertos de escarcha.