Ejemplos ?
Sentía muy vivamente su desgracia y se enjugaba constantemente los ojos con la manga de su chaqueta, cuando no estaba ocupado sonándose en una esquinita de su pañuelo, que por nada del mundo se hubiera atrevido a sacar entero del bolsillo, por economía y por discreción.
NOCTURNO Durante tres primaveras tus cantos eran mis canciones y no necesitaba de otras voces pajareras, porque tu modular de ave esbelta arrancaba frutos para mi llanura y enjugaba este cansancio rudo de viajero peregrino inútil.
"—Yo era yo su mejor amigo —decía el molinero—; justo es que ocupe el sitio de honor. "Así es que fue a la cabeza del cortejo con una larga capa negra; de cuando en cuando se enjugaba los ojos con un gran pañuelo.
-¿Cómo iba yo a adivinarlo? -dijo miss Mowcher sacando de nuevo su pañuelo y golpeando con el pie cada vez que se enjugaba los ojos con las dos manos-.
Créame que en verdad lo siento... —y con el pañuelo de seda sacado del bolsillo de la bata que llevaba puesta, se enjugaba el llanto.
(Todo lo que sigue se refiere a la educación física que recibía para ser un hercúleo caballero) (Décimo sexto) Invertido así este tiempo (desarrollo físico), se enjugaba, se frotaba, se refrescaba y examinando los árboles y las plantas para comprobar las observaciones de los que sobre esto han escrito en la antigüedad, como Teofrasto, Dioscórides, Marino, Plinio, Nicandro, Macer y Galeno.
El sudor le molestaba debajo de la abrazadera del redondo escudo, cuyo peso sentía el héroe; y alzando éste con su cansada mano la correa, se enjugaba la denegrida sangre.
¿Qué, se ha pasado? –No, no, no fue nada; gracias, Eugenia, gracias –y se enjugaba el agua de la barba. –Bueno, pues ahora siéntese usted –y cuando estuvieron sentados prosiguió ella–: Le esperaba cualquier día y di orden a la criada de que aunque no estuviesen mis tíos, como sucede algunas tardes, le hiciese a usted pasar y me avisara.
Impedido de contentar mi enojo echando fuera a aquella bruja, me deshice en lágrimas que mi madre enjugaba procurando consolarme, pero llorando ella también furtivamente.
Y volteando la cara para no ser vista llorando por sus hijos, enjugaba las lágrimas que le brotan a raudales Una noche, después de dormir a los niños, Luisa esperó a que dieran las once y salió rumbo a la casa donde vivía Don Nuño de Montesclaros.
––¡Si no lloro! ––y se enjugaba los ojos con el dorso de la mano izquierda mientras con la otra, temblorosa, sostenía el vaso de la medicina.
Éramos el uno para el otro única palma que nos daba sombra, única gota de agua para nuestra sed, única mano que enjugaba nuestras frentes.