encina


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encina

(Del bajo lat. illicina < ilex, -icis, roble.)
1. s. f. BOTÁNICA Planta arbórea de hoja perenne, con tronco grueso y muy ramificado, con hojas apuntadas y espinosas, flores de color verde amarillento, cuyo fruto es la bellota. carrasca
2. CARPINTERÍA Madera de este árbol dura y compacta utilizada en carpintería, ebanistería y para la producción de carbón vegetal.
3. encina de mar o marina BOTÁNICA Alga parda formada por láminas acintadas, con una base en pedículo que la sujeta a las rocas.
NOTA: Nombre científico: (Fucus vesiculosus.)
NOTA: También se escribe: encino

encina

 
f. bot. Árbol perennifolio, de la familia fagáceas (Quercus ilex), de hojas persistentes dentadas y punzantes que da por fruto bellotas dulces o amargas.

encina

(en'θina)
sustantivo femenino
1. botánica árbol de tronco grueso, hoja perenne, flores verde amarillento y cuyo fruto es la bellota plantación de encinas
2. madera de este árbol La encina se utiliza en ebanistería.
Sinónimos
Traducciones

encina

alzina

encina

holm oak, ilex

encina

anzino

encina

steeneik

encina

azinheira

encina

дуб

encina

البلوط

encina

dąb

encina

Дъб

encina

Dub

encina

אלון

encina

Ek

encina

โอ๊ก

encina

SFilex, holm oak
Ejemplos ?
Porque cuando en el monte se embravece hórrida tempestad, el flaco arbusto trabajado del ábrego perece, mas al humilde suelo nunca inclina su excelsa frente la robusta encina, antes allá en las nubes señorea los elementos en su guerra impía y al fulgurante rayo desafía.
-Según parece, ¿verdad, amigo Manuel?, en la sierra rezaba muchas horas. Otras, se las pasaba en meditación, al pie de una encina o al lado de un manantial, oyendo correr el agua.
Utilizaba los cuernos de los bueyes salvajes como puntas de lanza, atándolas a cañas fuertes, en ramas de encina o de otros árboles, y, ayudándose en esta operación con el fuego y con hachas de piedra, llegó a fabricar rudimentarios lanzones.
Y Micaela leyó lo siguiente: «Las hadas Esmeralda y Turquesa, más conocidas por las buenas hadas, queriendo dejar un recuerdo a los niños de este pueblo de su paso por él, les ruegan que escriban lo que desean antes del 1.º de junio y depositen sus peticiones en el hueco del tronco de la encina que hay a la entrada del campo.
Al pasar Héctor por la encina y las puertas Esceas, acudieron corriendo las esposas e hijos de los troyanos y preguntáronle por sus hijos, hermanos, amigos y esposos; y él les encargó que unas tras otras orasen a los dioses, porque para muchas eran inminentes las desgracias.
Pues como en lo alto del Tauro agitando sus brazos 105 a una encina, o a un conífero pino de sudante corteza, un indómito torbellino, contorsionando con su soplo su robustez, lo arranca: el árbol, lejos, desenterrado de raíz, hacia adelante cae, ampliamente todo cuanto se encuentra quebrando, así, domado su cuerpo, a aquel salvaje postró Teseo, 110 que para nada lanzaba a los vanos vientos sus cuernos.
Sucedió, pues, que, estando el aduar alojado en un valle cuatro leguas de Murcia, una noche, por entretenerse, sentados los dos, Andrés al pie de un alcornoque, Clemente al de una encina, cada uno con una guitarra, convidados del silencio de la noche, comenzando Andrés y respondiendo Clemente, cantaron estos versos: ANDRÉS Mira, Clemente, el estrellado velo con que esta noche fría compite con el día, de luces bellas adornando el cielo; y en esta semejanza, si tanto tu divino ingenio alcanza, aquel rostro figura donde asiste el estremo de hermosura.
Entonces escuchó que alguien se removía en lo alto del árbol. Abrió los ojos y vio que bajaba de la encina un hombre blanco como un cirio, y que tenía los ojos de fuego.
O Francisco Antonio Encina y Aníbal Pinto, en sus famosos libros “Nuestra Inferioridad Económica” y “Chile: Un Caso de Desarrollo Frustrado”, a intentar explicar nuestro subdesarrollo apuntando a factores estructurales de la sociedad chilena, muy difíciles de modificar, como nuestra raza, cultura y religión, nuestra estructura social o nuestra ubicación geográfica.
Pero lo que más compasión les puso, especialmente a Teodoro, fue ver al tronco de una encina atado un muchacho de edad al parecer de diez y seis años, con sola la camisa y unos calzones de lienzo, pero tan hermoso de rostro que forzaba y movía a todos que le mirasen.
Su cuerpo achaparrado, duro, lleno de ángulos y nudosidades asemejábale a una encina añosa, dotada por un capricho de la Naturaleza de la facultad de trasladarse; su rostro curtido por la intemperie, era del color de la tierra labrada; no parecía sino que un solo arado había hecho los surcos de la una y las arrugas del otro; como crece entre los surcos la cizaña, desigual, revuelta y salpicándolo a trechos, crecía la barba en la cara rugosa del viejo labrador; hasta su cabeza puntiaguda, coronada de cabellos blancos, recordaba los picos inaccesibles que se erguían sobre la montaña, cubiertos de nieves perpetuas.
Entonces apelaron a la justicia del rey; pero el señor se burló de las cartas-leyes de los condes soberanos, las clavó en el postigo de sus torres y colgó a los faraútes de una encina.