Ejemplos ?
La fealdad que generalmente caracteriza el mujick se doraba y se revestía de algo sonriente y bueno, bajo la claridad pura del astro, que descendía sobre el grupo como bendición y esperanza. La ropa parecía menos vieja; los mismos andrajos se encendían.
La tenue luz de los faroles de la calle penetraba iluminando la oscurecida estancia y un anuncio de foquitos multicolores invadía con sus movimientos aquel recinto. Se encendían y se apagaban con la monótona frecuencia de su programación.
a los gusanos y a las palomas... Y vivificaban las hojas en otoño... Y encendían las grutas sumergidas de tinieblas... Y quemaban los andrajos de las hienas.
Era que estaba escribiendo, en su libro famoso de la Destrucción de las Indias, los horrores que vio en las Américas cuando vino de España la gente a la conquista. Se le encendían los ojos, y se volvía a sentar, de codos en la mesa, con la cara llena de lágrimas.
Y aun cuando haciendo y diciendo cosas divinas, y viviendo divinamente después de haber conquistado en algún modo la dureza de los corazones, e introducido la paz de la justicia y santidad, alcanzaron en la iglesia de Cristo una suma gloria, sin embargo, no descansaron en ella como fin y blanco de su virtud, sino que atribuyendo esto mismo a gloria de Dios por cuya singular gracia y beneficio eran tales, con este divino fuego encendían asimismo a los que persuadían que le amasen que también a éstos les hiciese tales...
Sus mejillas se encendían, y a veces, por entre su voz resquebrajada, asomaba una inflexión de terciopelo, como de la arruinada pared de un palacio cuelgan aún jirones de rica tapicería.
Pero los discípulos que estaban con el rey pudieron más; y el rey les mandó hacer pagodas de muchas torres, donde ponían a Buda de dios en el altar, y los discípulos se mandaron hacer túnicas de seda y mantos con mucho oro y bonetes de picos, y a los discípulos más famosos los fueron enterrando en las pagodas, con sus estatuas sobre la sepultura, y les encendían luces de día y de noche, y la gente iba a arrodillarse delante de ellos, para que les consolaran las penas que da el mundo, y les dieran lo que deseaban tener en la tierra, y los recomendaran a Buda en la hora de morir.
Partíme de allí y subíme por una cuesta donde en la cumbre y alrededor se estaban abrasando unos hombres en fuego inmortal, el cual encendían los diablos en lugar de fuelles con corchetes, que soplaban mucho más, que aún allá tienen este oficio, y son abanicos de culpas y resuello de la Provincia y vaharada del verdugo.
Celinina, en sus ratos de mejoría, no dejaba de la boca el tema de la Pascua, y como sus primitos, que iban a acompañarla, eran de más edad y sabían cuanto hay que saber en punto a regalos y nacimientos, se alborotaba más la fantasía de la pobre niña oyéndolos, y más se encendían sus afanes de poseer golosinas y juguetes.
Iba a la calle de la Comedia, a una peluquería, a arreglarse sus bandós. Llegaba la noche; encendían el gas en la tienda. Oía la campanilla del teatro que llamaba a los cómicos a la representación, y veía, enfrente, pasar hombres con la cara blanca y mujeres con vestidos ajados que entraban por la puerta de los bastidores.
Por la noche, en el teatro, aparecía Molly con su atavío de cuentas de colores. Apagaban las luces, encendían un proyector policromo, y Molly danzaba infatigable sobre las mal unidas tablas de la escena.
Molly bailaba y bailaba en una danza inacabable y triunfal. Una estruendosa salva de aplausos tumbaba el recogimiento de los espectadores. Se encendían las luces. Picaban los ojos.