Ejemplos ?
Mientras decía estas palabras en voz baja le pareció oír en la habitación un profundo suspiro que le hizo contener la respiración sobrecogido de espanto.
Doña Manuela Ozores y Doña Juana Pacheco, que traían una conversación en voz baja, callaron, también dispuestas a escuchar el relato...
¡Que me estoy muriendo por ti! María Antonieta volvió a besarme, y sonriendo toda roja, murmuró en voz baja: —Es muy larga la noche...
Al vernos, una de ellas retrocede hasta la puerta mostrando disgusto. Don Carlos se acerca, y después de algunas palabras en voz baja, sale acompañándola.
El Rey hizo otra pausa, y con la mirada recorrió la estancia, un salón oscuro, entarimado de nogal, con las paredes cubiertas de armas y de banderas, las banderas ganadas en la guerra de los siete años por aquellos viejos generales de memoria ya legendaria. Allá en un extremo conversaban en voz baja El Obispo de Urgel, Carlos Calderón y Diego Villadarias.
Y Doña Margarita los besó, para ocultar que se reía: Después les dijo, tendida hacia mí su mano delicada y alba: —Este caballero es el Marqués de Bradomín. La Infanta murmuró en voz baja, inclinada la cabeza sobre el hombro de su madre: —¿El que hizo la guerra en México?
Volvimos sobre nuestros pasos, recorriendo otra vez la calle encharcada y desierta. El fraile me hablaba en voz baja: —La Señora Condesa también acaba de salir...
Un momento mis ojos encontraron los ojos de la niña, que asustados y compasivos, se alzaban de mi brazo amarillento donde se veía el cárdeno agujero de la bala. Sor Simona le advirtió en voz baja: —Maximina, que pongas sábanas de hilo en la cama del Señor Marqués.
En el brocal del pozo saltaban esos pájaros gentiles que llaman de las nieves, al pie de la tapia balaba una oveja tirando de la jareta que la sujetaba, y por el fondo nublado del cielo iba una bandada de cuervos. Yo repetía en voz baja: —¡Hermana Maximina!
Hubo breves momentos de silencio, y un señor obispo que estaba presente, murmuró en voz baja: —Dios Nuestro Señor ha permitido que conserve la mano derecha, que es la de la pluma y la de la espada.
En tales casos la clara enseñanza que suele gustarse en las confesiones, el limpio manantial de su doctrina, se enturbia. Las damas, distraídas del sermón, se hablaban en voz baja.
La anciana señora me decía esto emocionada y dramática, con mi mano entre las suyas amojamadas. Yo repuse en voz baja, temeroso de que la emoción me anudase la garganta: —¿Qué mal puede haber en que nos digamos adiós?