en alta voz

Traducciones

en alta voz

loudly

en alta voz

à voix haute

en alta voz

ad alta voce
Ejemplos ?
Este hombre (pensé) me va a perdonar la vida; mañana llego a Granada y doy el cante; pasado mañana lo cogen... Después empezará la sumaria... - ¿Dices que cuándo? -le respondí en alta voz-. Pues ¡mira! va a ser el mes que entra.
De pronto se oyó un pitido de averío que se azora, y unos pollos se refugiaron en la cocina, a trancos grotescos. Carmelo, que dialogaba con los bichos, preguntó en alta voz, sin volverse: -¿Qué tenedes, malpocados?
«¡Hay que darles algo nuevo!», dijo el autor de los nuevos versos, que yacen esparcidos por el suelo. ¡Bien los conozco! Más de diez veces se los oí leer en alta voz. ¡Cómo gozaba el hombre!
Leyose en alta voz el testamento de César, y las mandas en que todo su tesoro y posesiones repartía en los ciudadanos, y cómo adoptaba a Octaviano en primer lugar, y en segundo a Décimo Bruto.
¡Porque en España matan, otros matan al niño, a su juguete que se para, a la madre Rosenda esplendorosa, al viejo Adán que hablaba en alta voz con su caballo y al perro que dormía en la escalera.
Pero sea que el testador lo tenga escrito, o que se escriba en uno o más actos, será todo él leído en alta voz por el notario, si lo hubiere, o a falta de notario, por uno de los testigos, designado por el testador a este efecto.
Su testamento será leído en alta voz dos veces; la primera por el notario o empleado, y la segunda por uno de los testigos, elegido al efecto por el testador.
Finalmente, el caballero le leyó en alta voz; y era éste: -Cuando Preciosa el panderete toca y hiere el dulce son los aires vanos, perlas son que derrama con las manos; flores son que despide de la boca.
Cuando los vecinos del barrio pasaban por delante de la tienda del judío y veían por casualidad a Sara tras las celosías de su ajimez morisco y a Daniel acurrucado junto a su yunque, exclamaban en alta voz, admirados de las perfecciones de la hebrea: -¡Parece mentira que tan ruin tronco haya dado tan hermoso vástago!
Aquello no era ofender a Romana, pues no era cortejarla. Un palique dulce, entretejido de recuerdos, una página de subjetivismo, la lectura en alta voz de una novela vivida...
Ya me retiraba para obedecer aquella orden, cuando el Rey, en alta voz de suerte que todos le oyesen, me advirtió: —Bradomín, no olvides que comes conmigo.
Y el seminarista leyó y la mujer escuchó, y escuchó también el duendecillo. Estaba al acecho, como bien sabes, y acababa de deslizarse en la habitación cuando el seminarista leyó en alta voz el título.