empinado


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empinado, a

1. adj. Que tiene una pendiente muy pronunciada su calle es muy empinada.
2. Que es orgulloso o presumido ¡qué tío más empinado!, no hay quien le aguante. estirado
3. Que es muy alto.
4. irse a la empinada EQUITACIÓN 1. Encabritarse un animal. 2. Defenderse el caballo levantándose sobre las piernas.

empinado

 
adj. Muy alto.
fig.Estirado, orgulloso.
fig.Díc. del terreno que tiene una pendiente muy pronunciada.

empinado, -da

(empi'naðo, -ða)
abreviación
1. terreno, camino llano que tiene una pendiente muy pronunciada unas escaleras empinadas
2. bajo que es muy alto No alcanzo el estante, está muy empinado.
Sinónimos

empinado

, empinada
adjetivo
Traducciones

empinado

erto, ripido, sasso, irto

empinado

strmý

empinado

stejl

empinado

steil

empinado

jyrkkä

empinado

escarpé

empinado

strm

empinado

急な

empinado

가파른

empinado

steil

empinado

bratt

empinado

stromy

empinado

íngreme

empinado

крутой

empinado

brant

empinado

สูงชัน

empinado

dik

empinado

dốc

empinado

陡峭的

empinado

стръмен

empinado

תלול

empinado

ADJ
1. [cuesta] → steep; [edificio] → high, lofty
2. (= orgulloso) → proud
Ejemplos ?
¿No me tengo de vengar de estas cosas? 7 Sobre el monte alto y empinado pusiste tu cama: allí también subiste á hacer sacrificio.
Rigoletto atiesó el pescuezo y, empinado sobre la punta de sus pies, al tiempo que se arreglaba el moño de la corbata, me dijo: –¡Acuérdese!
Y ése el arcángel fue que, inexorable, Lanzó al desnudo Adán del Paraíso, Y de su raza en él junta y culpable, Fijó a la vida término preciso. Él arrancó en el Gólgota empinado El ¡ay!
Se paraba a veces y se hacía la vista gorda. Ella procuraba cumplir lo mejor que podía; la familia le toleraba sus flaquezas naturales, su horror a lo empinado.
Hacía un frío siberiano capaz de entumecer al mismísimo rey del fuego, y los primeros rayos del sol doraban las crestas del empinado cerro, cuando D.
Contémplanse desde él las pintorescas lomas de Amancaes; el empinado San Cristóbal, cuya forma hizo presumir que encerrase en su seno un volcán, y el pequeño cerro de las Ramas, donde contaban las buenas gentes que solía aparecerse el diablo, en cuya busca subió más de un crédulo desesperado.
Lo malo era que no cesaba de preguntar por el campo de batalla, que renegado él sea, amén, toda vez que para llegar a pisarlo necesitábamos internarnos por tierras de labor, escalar un cerro empinado y, en suma, andar cerca de tres kilómetros por mal piso, bajo un sol picón, con calzado impropio de tales faenas y pies mal cuidados, no dispuestos para la marcha.
Entre las brumas del lejano horizonte se lanza al vacío el Himalaya, y, empinado sobre sus cumbres, el Dawalagiri, que pasea sus miradas sobre medio mundo.
Si para comodidad de su espalda, levantaba la cubierta de su mesa en un ángulo agudo hacia el mentón, y escribía como si un hombre usara el empinado techo de una casa holandesa como escritorio, la sangre circulaba mal en sus brazos.
Ya del vago crepúsculo los tules iban cubriendo la región serena; las abejas dejaban las azules flores por la colmena; la yunta de los bueyes arrastraba el arado en los senderos; las baladoras greyes llamaban a los tímidos corderos, lentas marchando hacia el cercano aprisco; centelleaba la hoguera del leñador, en empinado risco; iba inundando la ondulada alfombra de la verde pradera de las montañas la creciente sombra; sonaba la campana de la ermita vecina, a par que la lejana canción de la afanada campesina, cuando, buscando del hogar que humea el pobre techo amigo, de la montaña, entrambos sin testigo, mi musa y yo, bajamos a la aldea.
El vizconde de La Tremisiniére, premiado por la Academia como autor de un estudio sobre uno de sus abuelos, compañero de Conde, y muy apreciado por los anticuarios de la orilla izquierda del Sena, que le colocaban todos los lienzos malos de sus almacenes, le llamaba Velásques, satisfecho de que la color morena y ligeramente verdosa del conde, el negro y empinado bigote y los ojos graves, le proporcionaban ocasión de lucir sus grandes conocimientos en pintura española.
Al principio pensó el reverendo que su sacristán había empinado el codo más de lo razonable; pero tal fue el empeño del indio y tales su seriedad y aplomo, que terminó el cura por recordar el refrán «del viejo el consejo y del rico el remedio» y por dejarse poner un pañizuelo sobre los ojos, coger su bastón, y apoyado en el brazo del campanero echarse a andar por el pueblo.